lunes, 27 de julio de 2020

BRomeo

Anoche salí de nuevo. Conduje hasta el parque Mercedes y estacione en el lado del Banco Nacional. Llovía muchísimo, el ruido del motor quedaba mudo por las gotas que caían sobre el panorámico. Puse el limpiaparabrisas y baje el vidrio para llamar a una prostituta. Acordamos en ciento veinte pesos.


Con una mano en su cabeza y otra en el volante llegamos al Andreew's Resort de cuatro calles más arriba. Pague con un billete de diez y me devolvieron uno de dos. Entramos en la habitación, me quite los pantalones y la tire sobre el colchón. Lo chupo, lo lamió y lo tuvo en su boca por casi treinta minutos pero no lograba tener una erección. Cuando empecé a enfadarme estaba justificado porque no iba a perder mi dinero. Me dijo que le dolía la mandíbula y en lugar de seguir mamando se ocupo de revisar su teléfono. Herví de rabia porque todo era culpa de ella. Me prometió una mamada de otro mundo pero no fue otra cosa que una simple lamida de huevos.


—¿Que te pasa, imbécil? ─dijo cuando cogí su cuello para ahorcarla.


—¡PUTA DE MIERDA!... ¿NO PUEDES LEVANTARLO? MENUDA MIERDA ─le grité mientras intentaba escapar de la habitación.


Me puse frente a la puerta para impedirle el paso. Forcejeamos pero siempre he sido más fuerte que una simple puta. Le di un puñetazo en la cara y cayo al piso. Estaba medio atolondrada y aproveche para enterrar mis uñas en su pescuezo. Casi podía sentir su traquea entre mis pulgares. Vi que su lengua se asomaba de su inútil boca y tuve una erección. El calor en entrepierna se sentía tan bien que seguí estrangulándola hasta la piel bajo mis yemas se puso roja. Creo que casi la mato. Después de eyacular en su cara seguía inconsciente, cogí mi dinero y salí del cuarto sin fijarme si respiraba o no, ni siquiera me repare en la recepción, camine hasta el coche y fui a casa.


Fue una buena idea pagar en efectivo, esta mañana baje al kiosco de la esquina para comprar el periódico como todos los días y en la sección judicial pone:


ASESINADA TRABAJADORA SEXUAL


El cadáver de Candy* fue encontrado en la habitación 207 de la Andreew's Resort, con signos de tortura (Foto) la noche del viernes por el administrador del establecimiento. En el informe forense la causa de la muerte fue descrita por asfixia mecánica. El dueño del negocio no quiso dar declaraciones pero algunas amigas de Candy afirmaron que nunca tuvo problemas con ningún cliente. Ni siquiera tenía conocidos en esta ciudad, ella llegó del otro lado a trabajar aquí, dijo Caramelo* quien fuera la mejor amiga de la víctima.


El comandante de la policía dio una rueda de prensa para aclarar las dudas sobre el asesino de prostitutas. El caso Candy no tiene relación con el hecho ocurrido en la avenida Diciembre, creemos que fue un ajuste de cuentas, tenemos sospechosos, Candy dejó muchas deudas en su antigua residencia, eso nos lleva a pensar en algún enemigo o quizá su ex-pareja con la cual tuvo problemas de violencia familiar.


A la salida de auditorio el comandante respondió algunas preguntas y reafirmo que las trabajadoras sexuales no deben tener miedo y que la muerte de Candy fue un caso aislado.


*Nombre cambiado por motivos de seguridad.



No vieras la dicha que me dio saber que esa maldita estaba ahora cenando con los gusanos. Cogí las monedas que traía en los bolsillos y compre todos los periódicos que pude. Regrese a casa, tiré todos con la foto de esa puta de mierda en el suelo y los mee. Tuve que parar cuando no soporte más el dolor de estomago que la risa me provocaba.


Esta mañana me levante con ganas de un cigarro. Sé que era muy temprano para empezar a fumar pero igual lo hice y como Dios me trajo al mundo salí al balcón para encender un camel. A eso de las seis, las personas empezaron a salir de sus madrigueras para ir al trabajo o seguro a la iglesia. Yo las veía desde arriba, pequeñas hormigas amaestradas una detrás de la otra, caminar en fila india hacia un terrón de azúcar donde seguramente alguien que se creyera los suficientemente Dios las estaría esperando con una lupa. Una anciana que llevaba una kufiyya de lana envuelta en la cabeza, me gritó: ¡Por el amor de Dios tape sus vergüenzas!. Se alejó procurando mantener la vista en el piso, le arroje una colilla que justo le dio en la coronilla.


Regrese del trabajo en tranvía, como todos los días, a las cinco de la tarde. Subí los escalones hasta mi departamento del tercer piso. Me quite primero los zapatos y los deje en su lugar con las medias dentro, los pantalones y la camisa los colgué de un gancho y los metí en el ropero. Abrí el cajón con la ropa de la tarde, me vestí y fui al sofá para ver la televisión.


Desde que me cortaron el cable tengo que aguantar todo el drama que los canales privados se empeñan en meter a la fuerza en los cerebritos atrofiados que se han hecho fanáticos a él. Me aburrí tanto que me quede dormido ahí mismo el sofá que había comprado con el primer trabajo que conseguí recién me gradué del instituto.


Alguna vez leí algo que los sueños expresan deseos no manifiestos, lo que no nos atrevemos a hacer en la vida cotidiana, que reflejan nuestros más primitivos deseos. En mi sueño estoy en una cuna mirando tres juguetes que cuelgan del móvil musical: un avioncito azul con blanco, un cangrejo miniatura naranja y un osito de peluche. Veo que alguien se acerca y me asusto mucho, empiezo a sudar frío y cuando la figura ya está en el borde de la cama despierto.


Desde que tengo memoria, las pesadillas solo hacen que despierte con los ojos abiertos de par en par, que tampoco es para tanto. Esta pesadilla en particular, no sé qué provoca en mi subconsciente para hacer que me levante de la cama con un nudo en la garganta, sudando y temblando de miedo. He estudiado cada cosa en esa pesadilla: los juguetes, la persona que acecha y la cuna de bebé. Aunque le doy vueltas y vueltas no encuentro el alboroto que mi subconsciente halla en una pesadilla que no es para nada perturbadora, porque hay veces que sueño con un oso devorando mi brazo o una tormenta ácida que hace que la piel de mi novia se escurra sobre su esqueleto y me despierto tan tranquilo como un bebé.


Hace dos días fue la última pesadilla y ahora que lo pienso, me acuerdo de ella cada vez que veo porno en la computadora o alguna mujer en la calle. Me pongo cachondo al instante. La erección que no puedo tener con las prostitutas aparece en mis pantalones al imaginar lo que acecha la cuna en esa de enormes nalgas que vi en la parada del tranvía o la de los pechotes del centro comercial.


...


La primera vez que entre en un prostíbulo fue a los doce años. En esa época mi madre decidió que lo mejor para mi era un internado y un lunes cualquiera me ordenó hacer la maleta para ir a un lugar muy especial. Llegamos al lugar y al comienzo creí que solo era un nuevo instituto. Nunca he dejado que alguien me pase por encima y por ello siempre tuve problemas de disciplina en los institutos a los que acudía. Me di cuenta de que no era un instituto mientras llenaba  el formulario de inscripción. La idea de estar lejos de mi madre me parecía excelente. Estaba hasta los cojones de sus ordenes. Ni siquiera me moleste en despedirme de ella, ya me extrañaras pensaba mientras veía su coche alejarse.


Llevaba una semana en el internado y ya lo odiaba. La alarma estallaba en los altavoces a las cinco de la mañana todos los días. Había que ducharnos con agua fría en un baño comunitario, vestirnos y hacer la cama antes que el prefecto hiciera su revisión a las 5.15. Era el colmo, no me merecía un trato así. El primer día me sobresalte con el timbre de la alarma pero decidí seguir durmiendo en la litera. Estaba tan cansado de todo lo que había pasado la noche anterior con mi madre y el viaje al internado que el prefecto casi tuvo que empujarme para hacer que despertara. Yo dormía en la cama de arriba y aterrice de panza en el piso. Todos se rieron de mí. Por haberme quedado dormido tuve que limpiar todos los baños. Yo no sabia que daban de comer en ese lugar pero en mi parecer seguro los tres platos eran mierda.


Unas semanas después ningún hijo de puta me hablaba y a mi me daba exactamente igual. Lo que no soportaba era la horrible comida, los colchones llenos de ácaros y estar rodeado de hombres. Se me hacía muy marica.


El día que me estampille contra el suelo la primera risa desesperante fue un afeminado que odie a primera vista. Lo de afeminado se le quedaba corto porque desde que me vio desnudo en la ducha comunitaria cada vez que tenía oportunidad gritaba:


—Romeo la tiene chica, romeo tiene la salchicha chica. ─mientras agitaba el dedo meñique en el aire.


—¡Cállate puto marica!


—¿Que pasa romeo? seguro julieta te dejo por culpa de ese alfiler que tienes entre las piernas.


Ya estaba hasta la coronilla y planeaba hacer algo para terminar con esa mierda. Un martes no había dormido bien por andar pensando en mi madre y cuando la alarma sonó como todos los días a las cinco en punto, ya estaba despierto. Fui el primero en ducharse y vestirse. Espere sentado en mi litera a que Roger se levantara para ir a la ducha, cuando lo hizo me puse detrás de él para darle un codazo en la nuca y derribarlo.


Le di puñetazos en la cara hasta que mis nudillos empezaron a sangrar. Atiné un puñetazo en su ceja y la sangre corrió sobre los azulejos como pequeñas serpientes coral. Los otros <<prisioneros>> no se molestaron en detenerme. Todos odiamos a ese marica. Su cara quedo irreconocible cuando mis manos se cansaron, pero no iba a dejarsela tan fácil, le di patadas en el estomago hasta que una profesora llegó corriendo para auxiliarlo. Mi atención estaba tan enfocada en matar a ese maldito que no advertí cuando la profesora me dio un empujón para alejarme del maricón. Caí de culo en el suelo y descubrí otro hueso de la risa en el coxis, porque empecé a reírme como un loco. Me levante con una mueca para desquitarme de la perra que interrumpió mi venganza. Iba a embestirla desde atrás pero alguien me detuvo. Así fue como conocí a Albert.


El soplapollas sobrevivió pero no la saco barata, en cambio, de algún modo yo sí. Intentaron todos los métodos para ponerse en contacto con mi familia pero al parecer mi madre no quería saber nada de mí. Las directivas del internado llamaron a la policía, porque casi mato a ese desgraciado (lo hubiera hecho sin no me hubieran interrumpido), pero era menor de edad y no pudieron tocarme. Su segunda opción fue el castigo: limpiar los baños durante cuatro meses y cualquier otro trabajo pesado que surgiera. Tuve que limpiar hasta los huevos del prefecto. Yo los acepte todos sin rechistar, había valido la pena ver la estúpida sonrisa del maricón hecha una mueca llena de sangre.


Desde ese incidente me gane cierta reputación con los demás <<prisioneros>> que seguían sin hablarme; al menos Albert no lo hacía. Albert era huérfano y una noche mientras yo fregaba los váter me contó que hubo un año en el que estuvo en cinco orfanatos diferentes. Yo no lo llamaba amigo porque nunca los había tenido. Cuando recibí una carta de mi madre empecé a hacerlo.


Los viernes se entregaba la correspondencia y ese veintiuno de agosto en particular recibí un carta de mi madre. Nuestra relación se complicado desde que entre a la pubertad y empecé a perseguir a las niñas. Mi madre siempre fue una fanática religiosa y que su hijo fuera un libidinoso provoco una brecha entre nosotros. Cada vez que alguna compañera del colegio o una vecina entraba en la sala de la viuda Brautigan acusando a su hijo de haberle tocado los pechos o el trasero, la señora se disculpaba amablemente con la infante enviándola a casa con la promesa de que tal acto no se repetiría de nuevo. Muchas niñas fueron a casa de mi madre para acusarme y cada vez que ocurría ella me golpeaba las palmas de las manos con una regla de madera hasta que quedaban tan rojas que no podía cerrarlas.


La carta de mi madre fue directa y concisa:


Hola hijo.


He conocido a alguien. Se llama Bob. Quiere que empiece una vida nueva con él y me olvide del pasado. Sé que los frailes te enseñaran la senda del señor.


Te quiere mamá.


Con una estadía en el internado pretendía darme una lección y el primer día pensé hablaba en serio. Decidí seguir su juego de la manera más drástica que pude aparentar. La moraleja ya tendría que tragarsela ella estando sola, una viuda pasada de los cincuenta, necesitada las veinticuatro horas del día de un oyente a las importantisimas cosas que salían de su importantisima boca. En una casa tan grande y sin un hijo a quien regañar, no le tomaría más de tres días. Ella solita porque no iba a ser yo el que diera el brazo a torcer, era la necesita de mi, no al revés. Ella solita buscó un internado para su hijo y ella solita iba a darse cuenta del error. Regresaría en su Chevrolet Pontiac y sin aparentar mucha desdicha le diría al prefecto que su hijo no era para tanto y que un lugar así no es para alguien como él.


Las cosas no iban bien en el internado pero la carta con su nombre en el remitente significaba que la viuda Brautigan se había dado cuenta de su error. Le tomó más de tres días pero al fin había decidido remediarlo. Ya acabaría mi martirio en ese lugar.


Termine de leer la carta y no sabía si estar triste o furioso. Mi madre me estaba abandonando por el primer escroto que se metió en la boca. Releí la carta más de una vez hasta convencerme de que la mujer que me parió hablaba en serio. Cuando eso pasó seguía sin sentir nada. Hice una bola de papel arrugada con la carta y la tire por la ventana que tenía a mi espalda. Esa noche la pase mirando el techo, pensando que iba a hacer con mi situación.


Al día siguiente hice todo con normalidad: Desperté a las cinco, hice la rutina, espere que el prefecto revisara mi cama, asistí a la eucaristía de las seis, rece la media hora indicada después de confesarme con el sacerdote y hasta el medio día estuve en el curso espiritual de los sábados. El domingo fue casi lo mismo hasta las cuatro de la tarde, después de limpiar por enésima vez los ventanales de la capilla teníamos dos horas libres para hacer lo que quisiéramos. No había mucho que hacer en un internado de frailes. Se rezaba, se estudiaba. La poca diversión que los ojos de Dios no veían blasfema era un arco de fútbol ladeado junto a los cultivos de los frailes.


Siendo el reo más reciente en ese internado quede excluido de los equipos que habían hechos los demás. No tenía ni por asomo meterme en una capilla a rezar las únicas dos horas que tenía bajo mi control. Sin más opción hice un terroncito de tierra, junto a los tomates, y me quede a ver como pateaban el balón.


Albert no usaba sus dos horas para leer en la biblioteca o rezarle a virgen maría. Llevaba su récord de estadía en un lugar fijo con ese internado y había logrado sus privilegios. Albert Luis Lopez Iñaqui lo único que tenía de tonto era el nombre. Con la confianza de los frailes casi ganada podía hacer lo que le viniera en gana. Debía respetar los horario, por lo demás, era el rey de la comarca. Comíamos todos de la misma olla gigante de inmunda sopa que preparaban todos los días, a excepción de Albert, él comía del mismo menú de los frailes. Era lo único que le enviada por lo demás no era nada que no hubiera hecho yo cuando era libre. Albert podía salir del internado cuantas veces quisiera y después de la noticia de mi abandono, siendo la única persona que me hablaba, ser su amigo era la mejor idea.


Me empeñe en ganarme su confianza. En las clases que compartimos, matemáticas y español, me senté junto a él. Tenía cara de bulldog enfermo pero debajo de todo el acné en su cara era un buen tipo.


Me dije a mi mismo que debía ser un hombre y afrontar mi nuevo futuro con los pantalones bien puestos. Así lo hice, al menos al comienzo. Procurando pasar desapercibido mientras cumplía mi condena de trabajos forzados. Una noche mientras fregaba el piso del baño Albert asomó las entradas de su cabeza, ya tan profundas como las arrugas de una anciana, con un cigarro en la boca. Encaramado en un balde para poder botar el humo por la ventana dijo:


—Romeo, ¿todavía eres virgen? ─haciendo un circunferencia de humo en el aire.


—Sí... ¿por qué?.



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