lunes, 17 de agosto de 2020

NORMAL 19371

 Raul y sus amigos: Andres, Luis, Laura y su hermano Ismael estaban reunidos para planear como recibir el año nuevo.


—¿Y si vamos a mi casa, cuando mi papá esta borracho regala dinero? ─dijo Laura mirando a los niños más pequeños en las bicicletas que recibieron en navidad.

—Nooo... para ver borrachos voy a mi casa ─contestó Luis.

—Isma no te vayas tan lejos ─gritó Laura, sin prestarle mucha atención a Luis.

Luis blanqueo los ojos y le dio una palmada en el muslo a Andres que conversaba con Raul de una niña que le gustaba pero que no se atrevía a nombrar frente a Laura. Ella la conoce y ya sabes como vuelan los chismes decía Raul mientras arrastraba las suelas en la calle.

—¿Vos que pensas? ─preguntó Luis.

—¿Pensar de qué? ─contestó Andres imitando su acento.

—Laura nos invita a su casa, pero yo creo que sería mejor ir a otro lado.

—Yo no sé, cualquier lugar es mejor que estar en mi casa... además, la mamá de Laura cocina muy rico ─dijo Andres viendo como Laura levantaba a su hermano. Se había enredado con los cordones de sus zapatos y lloraba con la cara llena de tierra.

—¿Y tú Raul?

—Donde vayan ustedes yo voy.

Andres abrió la boca para contarles lo que había oído, la noche anterior, mientras compraba unos cheetos. Esperando que el señor de la tienda le diera su cambio escuchó a cuatro borrachos, que tenían la mesa llena de botellas vacías, discutir el verdadero motivo del abandono de la normal. Estaban el papá de Lee Carpenter y tres de sus amigos de la fabrica o al menos lo eran porque los cuatro todavía traían el uniforme de la central eléctrica.
Raul fue el último en bajar al hoyo. La normal 19371, abandonada por la FDD Company en los años veinte por la  explosión que dejó veintiún mineros muertos y otros doce heridos, no tenía vigilancia desde los años noventa.

martes, 28 de julio de 2020

GANCHO

Anoche me desperté porque arañaban debajo de la cama. Me incliné por el lado de la pared, y en la penumbra vi un gancho de ropa. Me volví a acostar. Pero no fue sino cerrar los ojos, para que volviera a escuchar ese sonido. Parecían arañazos pero, era como si algo chocara contra las patas de la cama. Me incorpore, por segunda vez, y me quede así mientras intentaba descifrar quién o qué producía aquel sonido. Después de un  par de segundos de atenta escucha, pude identificar su naturaleza. Sonaba igual a cuando metía la escoba para barrer debajo de la cama. Sin bajarme de la cama, puse la cabeza casi a nivel del piso y miré debajo. Allí estaba la caja donde guardaba mis cuadernos (de cuando iba a la universidad) y salvo por un montón de polvo, no había señales de ninguna escoba. Mientras esperaba que me bajara la sangre al cuerpo, volví a escuchar el golpe del palo de la escoba contra las patas de la cama. Me senté a los pies de la cama. El sonido no paraba. Estaba pensando en que tenía que dejar de consumir ácidos pero entonces el sonido empezó a tener ritmo. Primero golpearon una sola pata de la cama. Nada muy elaborado; golpes a intervalos regulares. No me di cuenta en que momento empezó a sonar como si se tratara de un tambor.

Encendí la luz y quité el edredón. Los golpes empezaban a cobrar fuerza. Sin pensarlo me metí debajo y saque la caja. En ese punto no sabía si lo retumbos que escuchaba eran los latidos de mi propio corazón. Puse la mano encima de la tapa pero, me tome un momento para decidirme a abrirla. Esperaba encontrarme un espanto igual al del cuento de Poe que había leído la noche anterior pero, en lugar del corazón delator, cuando levante la tapa de cartón, no había más que cuadernos, hojas sueltas y una calculadora científica. Tapé la caja y la puse encima de la cama. Inhalé una bocanada grande aire y contuve la respiración para que me llegara más oxígeno al cerebro. Me puse la mano sobre el pecho y no pude sentir ningún latido. No tuve tiempo para asustarme porque en ese instante, la cama dio un vuelco y la caja me cayó en el pie. Maldije mi existencia y empujé la caja con el mismo pie donde había aterrizado. Me fui poniendo de malhumor, a medida que el dolor se esparcía. Apague la luz, me acosté en la cama sin tender, me puse los audífonos a todo volumen y me obligue a olvidarme del tema.

A la mañana siguiente recogí la caja y la metí en el armario. Hice aseo y para cuando regrese en la noche, ya me había olvidado del tema. Eran las doce pasadas cuando empecé, otra vez, a escuchar los golpes. El sonido no era en las patas de la cama, sino que se escuchaba del lado de la pared. En el espacio entre la pared y la cama, se veía la cabeza de un gancho de ropa que entraba y salía de debajo de la cama. No espere nada y me metí debajo de la cama. Fue tal mi afán que fue una auténtica sorpresa, cuando me golpeé la cabeza con la caja de los cuadernos. Solté un madrazo y la saque fuera. Me iba extrañar cuando una hoja suelta salió volando y se metió debajo de la cama. Sentí una brisa cálida que venía de debajo de la cama.  En el lugar donde había estado la caja había un hoyo. Era un sumidero del cual empezaba a salir una luz como de linterna muerta. Y a medida que empezaba a formarse una espiral, la luz se intensificaba. El aire empezó a ser más denso y pude percibir como la temperatura disminuía un par de grados. Empecé a tiritar de frio y por más embelesado que estuviera, salí de debajo de la cama y mire alrededor. Y hasta ahí fue todo. Recuerdo que me pareció que el cuarto seguía, completamente, a oscuras. No sé si me desmaye o caí dormido por el cansancio pero, a la mañana siguiente cuando me desperté, me di cuenta de que había quedado ciego.


lunes, 27 de julio de 2020

SOLARRACE

Todo se había ido a la mierda con la pandemia del dos mil veinte y cualquier persona que había dudado de la letalidad del virus, estaba bien muerta; por ley todas las victimas debían ser cremadas. Los que habíamos sobrevivido llevábamos años hundidos en lo que llamaban la «post-crisis». Una basura que el gobierno se había inventado para quedarse con el dinero de los impuestos y no ayudar a las millones de personas que habían perdido sus trabajos.

Cuando el virus confinó a casi toda la sociedad en sus casas, el gobierno devolvió una parte de los impuestos en forma de subsidios. Tengo que admitir que de algo sirvieron. Al menos al principio porque eran tantas personas las que estaban en sus casas, sin poder trabajar, que el bono de cuarenta dólares se acabó demasiado pronto. Tan rápido que las personas empezaron a pasarse por el forro de los cojones la ley de aislamiento y cuarentena total. Cuando hubo tantos muertos que se demolieron estadios de futbol para hacer fosas comunes, el gobierno declaró la calamidad nacional. Las personas que todavía no habían recibido la ayuda, empezaron a salir de sus casas para  sumarse al número de infectados.

Pero eso fue hace más de veinte años y la economía logró recuperarse. Y no fue solo que el virus matara a millones y la mano de obra se viera reducida, sino que las mujeres que lograron recuperarse quedaron estériles. Con una tasa de natalidad de menos del diez por ciento y con la población mundial reducida hasta la extinción no había forma de volver al mundo de antes.

Los rascacielos de las grandes urbes (donde todo parecía ir a la velocidad de la luz y nadie tenía tiempo para preocuparse por el prójimo) quedaron reducidos a gigantes de hierro destartalados.  En las calles reinaba la oscuridad, la electricidad había pasado a ser un lujo que solo los multimillonarios se podían permitir.  Muchos expertos (académicos y de internet) habían profetizado que el mundo iba a cambiar después de la pandemia. El tiempo les había dado una bofetada en la cara a los que seguían vivos.  El mundo seguía siendo el mismo pozo de mierda desigual. Seguía habiendo personas tan ricas que podían comprar un continente abandonado y electrificarlo hasta que se pudiera ver desde el espacio. Y aunque había mucha menos gente, los que no podían siquiera comer tres veces al día, seguían siendo mucho más.

Yo pertenecía a este último grupo pero, eso fue antes de la SOLAR RACE.


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El sonido de la lluvia no le dejaba escuchar muy bien. Su paraguas no hacía más que amplificar el repiqueteo de las gotas sobre el hule. Llevaba un buen rato de pie, así que decidido a cruzar la calle dio un paso al frente. El agua que se rebosaba sobre el andén le hizo reconsiderar su idea.

-¡ESPERE! ¡VOY A BUSCAR POR DONDE CRUZAR!

Miró a ambos lados como si quisiera comprobar que no vinieran carros. Dio unos pasos calle abajo; luego regresó y fue calle arriba. El caudal no menguaba en ningún sitio. Entonces, asió con fuerza el mango del paraguas y apretó los dedos de los pies dentro de sus calcetines. Estaba así, viendo como las puntas de sus botas quedaban cubiertas bajo el marrón mugriento del agua cuando lo que creyó que era una luciérnaga apareció en medio de sus pies. Enseguida otra luciérnaga se unió a la primera y luego diez, doce, un millar de ellas se posaron sobre sus botas. Alzó la vista y miró al otro lado de la calle. Tal vez, si los insectos eran los suficientemente fuertes podrían alzarle por los aires y llevarlo al otro lado. Cerró los ojos y extendió los brazos. Ya no le importaba mojarse. Lo único que quería era volar.

Se puso en punta de pies.

-¡STOP!

Abrió los ojos. Las luciérnagas habían desaparecido. Ahora a sus pies no había insectos, sino una luz que se bifurcaba en sus piernas y se reflejaba sobre en el agua.

-I said ¡STOP!

-No le entiendo.

-¡TURN AROUND!

-Le he dicho que no le entiendo.

Puso el paraguas de nuevo sobre su cabeza. El hombre disparó.

La mano que empuñaba el arma temblaba, levemente. El cuerpo cayó al suelo y el paraguas se zafó de la mano sin vida. El viento se lo llevó, en un remolino, hacia la oscuridad del cielo. El hombre atrás de la puerta de la camioneta no bajó el arma. Esperaba que algo sucediera. El hombre asió el arma con fuerza, como si ésta se le fuese a escapar de las manos.

Estaba tan concentrado que ignoraba a su cuerpo y si el viento no hubiese arreciado no se habría dado cuenta que estaba empapado de pies a cabeza. De inmediato empezó a temblar. Era hora de irse pero antes tenía que terminar su trabajo. Cerró la puerta y cruzó la calle.

 


TODO OSCURO

El termómetro de la cervecería marcaba cuatro grados por culpa de la lluvia que caía torrencial. El autobús con la ruta A-21 corría sobre el asfalto mojado como una alma escapada del infierno. Andree que descansaba envuelto entre cartones y páginas de diarios, de espaldas a la calle, soñaba con su vida antes de las drogas. Inmerso en las aguas de la inconsciencia no advirtió el estruendoso motor que levantó una ola de agua mugrienta que fue a parar sobre él.


Quedó empapado y sin aliento. Los ojos que tenían la mesa llena de botellas vacías se posaron en su trémula figura. El blanco y el violeta en su camisa de rayas verticales estaban tan mojados que el violeta se volvió negro y el blanco casi era de un gris lunar. Los dientes le chirriaban. Sus tejanos estaban rotos en las rodillas, la parte trasera embadurnada en marrón.


Se quitó el agua de los antebrazos. Se desvistió y con los testículos al aire rebuscó entre los cartones mojados. Dentro de una bolsa de plástico negra, la caridad Saint Anthony le había entregado una camiseta blanca envuelta en un pantalón negro de vestir.


Con la cabeza metida en el hueco de la camisa sintió arder su nuca. Los clientes de la cervecería le estaban mirando. Les dedicó ambos dedos corazón alzados en el aire. Terminó de vestirse y se fue.



Adicto a la heroína desde los catorce años Andree fue el menor de dos hermanos huérfanos. Su padre había muerto electrocutado mientras trabajaba para compañía de electricidad. Los tres: su madre, su hermano y él, quedaron ese diciembre con un muerto, en la mitad de su rancho de zinc y bloque, metido en el ataúd que el carpintero les regalo.


Para junio el dinero de la indemnización que recibió su madre se estaba agotando. Andree abandonó el instituto junto con su hermano. El primer mes tuvo que cuidar la casa mientras mamá trabajaba lavando la ropa de otros y hermano cargaba maderos en el aserradero. Cuando se canso de estar encerrado le preguntó a su madre si podía acompañar a su hermano. Dejó de hacerlo la tarde que llegó a casa con una astilla clavada en su palma derecha.



Con la ropa seca ya puesta encima de su flacucho cuerpo Andree caminó hasta detrás del parque donde conseguía su dosis diaria. Alrededor nadie se inyectaba por orden de Quico, el capataz de esa zona. Le entregó al jíbaro que miraba a todos lados para advertir algún peligro, el billete que había guardado en su zapato derecho.


El poste que indica el nombre de esa calle y su intersección ponía: calle 12 Av. 21. Andree se sentó en el andén y remojo sus dedos en un charco. Limpió el mugre que tenia en la flexura de codo, apretó el puño para hacer gorda la vena que pasaba por ahí y se inyectó.


Era estar en un caleidoscopio, todo lleno de color y figuras bien bonitas, no era la oscura noche, era el centro del mejor circo: malabaristas, saltimbanquis, los pompones en el traje de los payasos, el olor a palomitas de maíz. Andree tendido en el piso viendo el cielo sin estrellas se sentía extasiado, la heroína traía algo de felicidad, al menos al principio.


Tenía las pupilas tan dilatadas que el iris no traía color. Andree vio los llamativos colores en la carpa del circo encenderse en llamas, a los malabaristas caer de la cuerda floja y fracturarse el cuello, a los saltimbanquis romperse las piernas. Vio salir el fémur de uno y cercenar la carne en sus muslos. A los payasos los dientes se les cayeron y el maquillaje en la cara les corroyo los rasgos. Entre risas y lamentos se derritieron en medio de la arena envuelta en llamas.


Empezó a llorar. El llanto llevó a la ira. Andree levantó el culo y se encaminó calle abajo envuelto en la locura de la droga. Sus pasos no respetaron normas viales, la decencia, o los buenos modales. En las doce calles de locura profirió insultos y groserías a cualquiera que apareciera, estuviera ahí o no. Alzó una cinta de prohibido el paso y el letrero que indicaba desvío terminó en el piso con un estruendo metálico. La señora que dormía junto a tres de sus ocho hijos se despertó con el ruido y se asomó por la ventana. Esa noche fue la testigo del terror que llamó a la puerta de la casa de zinc y bloque que quedaba al final de la calle.



La siguiente noticia fue extraída del periódico local:


NOCHE DE TERROR


Agosto 21 de 2017


La noche del lunes la tragedia tocó la puerta de la familia González. Marie que dormía junto a su nieto de cuatro años de edad, en la casa que había heredado de su madre y en la que había compartido con su marido hasta que este murió en un accidente laboral, fue encontrada con la cara desfigurada y el cráneo aplastado, junto a su nieto muerto por asfixia mecánica. Su hijo reemplazó a un compañero en el turno nocturno, en la empresa de coches, esa fue la razón por la que se libró de lo ocurrido.


Cerca de las cuatro de la mañana, según relata un testigo, un hombre llegó hasta la puerta y tocó en repetidas ocasiones. Me levante porque oí el estruendo que hizo el letrero que pusieron para desviar los carros mientras arreglan la calle, pero no me atreví a salir, nos contó. El informe presentado por las autoridades afirma que el perpetrador era conocido de la víctima, porque no se hallaron signos que indiquen que la puerta fue violentada. La mujer abrió al reconocer la voz de quien tocaba y el sujeto aprovechó la oportunidad para irrumpir en el hogar afirmó el comandante de la estación de policía.


El cuerpo forense arribó pasadas las seis de la mañana. Antes del acordonamiento de la zona pudimos entrevistar a la primera persona que encontró los cuerpos. Me levante porque escuche como si quisieran tumbar la puerta de Marie, era mi vecina, me asome por la ventana y vi como un hombre saltaba la pared del patio y se alejaba corriendo, de inmediato me preocupe, al principio pensé que era un ladrón me metí en la casa gritando a Marie cuando llegue al cuarto la encontré, estaba tendida en el suelo, tenía la cabeza aplastada, casi me desmayo, me contuve y busque al nene, a lo mejor el maldito no le había hecho nada, lo busque en su cuna pero no estaba, entonces mire al piso y !DIOS! el maldito había ahorcado al bebé con el cinturón de un pantalón, cuando lo alce de debajo de la cama estaba todo morado, nos contó el testigo que se reservó su nombre por motivos de seguridad.


Según declaraciones extraoficiales, el asesino no se llevó ningún objeto de valor y se desconocen los motivos que lo llevaron a asesinar con tal sevicia. Algunos curiosos que no quisieron ser identificados afirman que Doña Marie nunca tuvo problemas con nadie.


Los hechos son confusos, la policía no tiene sospechosos pero afirma que el asesino era conocido de Marie, mientras que Matthew, el hijo mayor del matrimonio, le contó a este periódico que está seguro que fue su hermano menor quien mató a la única familia que le quedaba. Yo sé que fue Andree quien más podría ser, desde que se volvió drogadicto a veces regresaba a casa en busca de dinero o cualquier cosa que pudiera vender, un día me canse y lo corrí de la casa por eso estoy seguro que fue él, antes de irse esa tarde nos gritó a mi madre y a mi que se la íbamos a pagar, una por una. Al cierre de esta edición los hechos no habían sido esclarecidos.


Las exequias de Marie y Matthew Jr. González se realizarán en la Iglesia Saint Anthony el día martes a las 15.00.