lunes, 27 de julio de 2020

Aquí

Estaba tirado en el suelo. Trate caminar y fue como si me hubieran apaleado el cuerpo, literalmente, vi que empezaban a salir moretones en mis brazos. El dolor era insoportable. Me desmayé y desperté de nuevo, en una especie de centro de salud. Lo que siguió después puede crear alguna ambigüedad pero como no he conocido aquí a nadie que sepa leer, que importa.


La primera vez tendido en el suelo intente caminar pero no pude. La segunda desperté con un dolor sordo en las costillas y salí a un laberinto de pasillos. Estaba al mismo tiempo en ambos lugares. En dos cuerpos diferentes. Sabía que era yo el que estaba en el piso y el que estaba como complemento en el otro. Sé que suena tan imposible como emitir dos voces al mismo tiempo con tono distinto pero así nos parecía a los dos. A mi yo tendido en la calle y el que miraba por una ventana color avellana. Del laberinto de pasillos no tengo mucho que decir, esos hechos ya se han perdido, pero si aprieto muy fuerte los ojos aparecen algunas imágenes borrosas: antes de regresar a estar tendido en el suelo veo una puerta con cuatro números, los cristales en ambas ventanas se empañan en gris y no logro ver bien. Todo se vuelve oscuro después.


Boca arriba en el anden solo me quedaba el dolor en las costillas y rezaba porque se fuera solo. Pensé que era de noche hasta que vi que algo brillaba, como en esos días fríos, detrás de las nubes. Las cosas siempre me han importado una mierda y que fuera el sol o la luna me daba exactamente igual. Me incorpore y camine en ese día/noche pensando que coño me había pasado. Llegue a que quizá solo fue un episodio de pánico extremo.


Las calles estaban vacías y aunque se vuelven peligrosas de noche lo que me hizo correr fue <<mirarme>> en el retrovisor de una camioneta aparcada y no ver nada. Bueno, eso y que algo empezó a gruñir dentro del vehículo. Eran vidrios polarizados y no distinguí muy bien que era. Una especie de perro, porque eran patas las que rasguñaban el vidrio, de eso estoy seguro. Lo que había dentro no ladraba como un perro común y corriente. Eso fue lo que me sorprendió. Gritaba con una tos gangosa.


Llegue a mi casa después de correr las últimas cuatro calles. El poste de luz estaba encendido pero no era del habitual naranja, la bombilla alumbraba la entrada con un blanco mortecino. Busqué mis llaves para abrir la puerta y me di cuenta que llevaba los pantalones del alguien más. Con todo ni siquiera me había fijado en como iba vestido.


Si me pegue una borrachera anestésica de esas que me he metido desde que salí del instituto, era la peor. Esculque los bolsillos y encontré un billete de veintiún pesos, un señor con pelo hirsuto y profundas pupilas estaba impreso en el papel. Escuche la tos en el patio atrás de mi. De algún modo el perro me había seguido y el maldito estaba jugando conmigo. Gruñía esa tos tuberculosa en la oscuridad donde no podía verlo. Deje el billete en el bolsillo delantero y busqué la llave que escondemos, en caso de emergencia, detrás de la maceta que cuelga del dintel.


Casi no pude introducir la llave en la cerradura porque mis manos temblaban al escuchar que el perro agazapado en la oscuridad daba arcadas. Era asqueroso y repulsivo oír a esa cosa tratar de parir por la boca. Entre en mi casa y antes de cerrar la puerta por completo, la empujó. Era fuerte, aún no creo como aguante hasta poder correr el seguro.


Me senté de espaldas a la puerta, respirando más rápido. El pánico vino después de descartar la idea de que subieron cuando la metí en la maceta. Mi mano derecha estaba llena de gusanos. Podrida, estaba podrida y no supe cómo había pasado. La cosa seguía dando tumbos contra la puerta que parecía todavía resistir. Con cada golpe empezaba a sentirme dividido. No sé si pasó en realidad o fue fruto del pánico. Me pareció ver a algo, era solo una silueta, como un fantasma. Del espectro solo alcance a distinguir un vestido largo blanco y unos ojos grises penetrantes.


De un tirón, el sonido de la madera rota me sacó del trance. Antes de levantarme, con la otra mano, me quite todos los gusanos hinchados que pude. Subí las escaleras sacudiendo fuerte para hacerlos salir de las madrigueras que habían hecho en mi mano. Fue una mierda muy loca, un gusano más largo que un dedo cayo en mi camisa, me apure tanto en quitarlo que tropecé con el último peldaño de la escalera y caí. La cosa de la puerta dejó de hacer ruido cuando me toque el mentón sangrante. Me quede sentado arriba de las escaleras mirando las astillas que habían caído sobre la alfombra.


Todas las habitaciones tenían las camas hechas, limpias como una tacita de té. No encontré a nadie en ninguna de ellas. No era que yo viviera todo el día fuera pero alguien debería quedar en casa. Eso también me importó una mierda, ya regresarían. Estaba solo y asustado así que encendí todas las luces. Cada una, sin excepción, tenía el mismo blanco mortecino de la entrada. Toda esa luz me trajo una falsa seguridad infantil.


Busqué en el botiquín del baño una venda limpia para envolver mi mano pero se habían acabado. Me palpitaba lo cual era extraño porque la idea de una gangrena empezaba a cobrar fuerza. Lo dude mucho pero termine con pañal desechable amarrado con cinta.


Fui a la sala para encender la televisión. Los canales del dos hasta el sesenta y nueve solo tenían estática. La brisa gris me recordó a el aro, la noche anterior habíamos visto la versión americana y justo cuando la televisión se quedaba muerta, samara salía de la pantalla.


No soy supersticioso pero la apague de todas maneras. Mire por la ventana y bajo la luz del poste el perro estaba sentado mirándome fijo. Como sabiendo que en algún momento iba yo a asomarme por esa precisa ventana. La luz no parecía iluminarle la cabeza. Tenía el cuerpo de un pastor alemán pero con el cráneo descubierto. Los dientes eran lucecitas color ámbar. Estaba ahí, en la isla de luz, mirando con sus cuencas sin ojos. Mire en ambas direcciones de la calle pero no había nadie. Todas las casas estaban a oscuras. El perro estaba afuera y yo dentro. Eso volvió a darme una falsa seguridad.


Todo me daba muy mal rollo. Cogí el teléfono de la cocina pero estaba muerto. No tenía tono de marcado. El pánico empezó a colarse en mis huesos y se iba a descontrolar sino hacía algo. Tenía que hacerlo o terminaría con un ataque psicótico. Regrese al televisor y lo encendí de nuevo. Nada. Solo interferencia. Con el miedo poniendo la piel de gallina en mis brazos se me ocurrió la brillante idea de ver que hora era. Esperando que no fuera demasiado tarde para salir a casa de un amigo. Las tres en punto. Era un reloj de manecillas y no sabía si eran am o pm.


Cuando el segundero dio dos vueltas y la hora no cambio dije: no más. Lo que fuera que estuviera pasando que no contara conmigo. Ya me las arreglaría yo con la bestia de fuera. Subí las escaleras para cambiarme los pantalones, coger mi almohada e irme a otro lado. Pase por encima de la mancha de sangre de mi caída y entre en mi cuarto. En el cajón de en medio guardaba mis pantalones. Saque un tejano roto en las rodillas y lo olí. Tenía pinta de quedarse parado sin nadie que lo usara. Al abrir el cajón de nuevo, para sacar otro pantalón, una rata saltó a mi cara. Me rasguño la cara antes de caer al piso y esconderse bajo la cama. Casi se me sale el corazón por la boca. Hasta creo que me cague en los pantalones. El peor susto de mi vida. Fui a mirarme en la peinadora y tampoco había reflejo mío en ese. Ahí perdí la cabeza. Me olvide de pantalones, de ratas y salí de mi cuarto empapado en miedo.


Baje los escalones de dos en dos. En los últimos cuatro di un brinco de lagartija y pise en falso. Me pegue justo en el coxis. Tanto dolor en un solo día no debía ser humano. Saque todo el machito que tenía dentro y me levante. Mi prioridad era salir de la casa. De culos rotos ya me preocuparía después.


Todo se salio de control de un momento a otro. No pude salir de casa porque los golpes del perro habían estropeado la puerta y las luces empezaron a titilar como las de una discoteca. No pude hacerle más frente al miedo. Fui a la cocina temblando de pies a cabeza entre los lapsos de luz. La casa entera estaba sellada en silencio. Lo que era más aterrador. Entonces el perro empezó a golpear la puerta de nuevo. Saque un cuchillo del cajón y espere lo peor.


Los intervalos se hicieron más rápidos. Era casi hipnótico. Los tumbos del perro se sincronizaron con los latidos de mi corazón y no pude apartar la vista de la bombilla de la cocina. La luz era muy intensa. Mis pupilas se dilataron y las lagrimas empezaron a bajar por mis mejillas. Intentaba apartar la mirada pero no podía. Volvía a estar en trance. La luz me achicharraba las córneas pero mi mente se había enamorado de esa esfera térmica tan bella pero mortal para mis ojos.


Los intervalos pararon y todo quedo iluminado. Ya no habían luces de discoteca. La intensidad de la luz aumentó aún más provocando un zumbido eléctrico ensordecedor. Lo sentía taladrando mi cabeza pero no podía apartar la vista. Cuando sentí la sangre correr por mis oídos la bombilla estalló en mil pedazos. Todas las bombillas de la casa lo hicieron.


No sé a quien se lo digo. Desperté en mi cuarto con mi pijama puesta. Al final todo había sido una pesadilla. Mi cuarto era el último del pasillo pero pude oír los murmullos apagados de una conversación en la planta baja. Baje las escaleras y no había mancha de sangre alguna y la entrada estaba perfecta, ni una imperfección sobre la madera. Fui a la sala pero con cada paso sentía punzadas en mi sien izquierda. La cabeza me iba a estallar. Lo que lo hizo fue ver un ataúd en medio de la sala.


Los murmullos se hicieron palabras audibles pero no había nadie. Solo el ataúd. El miedo volvía a mi. Me acerque para ver quien era el difunto. Apenas toque la madera de roble el ataúd desapareció en un estallido de mariposas negras, acompañado del zumbido eléctrico. Duró un instante y cuando todo pasó la casa estaba de nuevo vacía e intacta. Como al principio.


Las cosas han sido muy extrañas desde entonces. No necesito dormir ni comer. No hay nadie más que yo. Me caminado en la permanente noche hasta que los pies me duelen pero no hay nadie. Tampoco he vuelto a sentir miedo o tristeza. No siento nada. Lo cual es muy raro porque hay noches, si se puede decir, en las que la sensación de sentir algo es apremiante pero no puedo. Me quedó mirando al techo con la mente en blanco, hasta que me aburre y me voy a otra casa.


Hay noches en la que el perro aparece pero no se acerca solo se queda a una o dos calle bajo un poste de luz a mirarme. En mis caminatas he oído algo que vuela por encima de mi cabeza pero como no hay estrellas no se que es. Suenan a garras y aleteo de murciélagos pero no lo sé. 


Entro en las casas cuando me aburro y como no hay nadie más aparte de mi y el perro nadie me impide hacer lo que quiera. En una encontré un ordenador y para mantenerme cuerdo, si puede ser eso posible en un lugar como éste, empecé a escribir  los recuerdos que todavía llegan a mi como una señal perdida en el aire. No son muchos porque creo que estoy muerto o al menos en una especie de purgatorio. 


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