11/03/2014
Sé que no es sano vivir de recuerdos y que la nostalgia es un sentimiento muy poderoso. Ese martes estaba sentado en el andén frente a mi casa viendo la gente ir y venir. Mi celular sonó insistente en el bolsillo de mi pantalón. Isa me estaba llamando. Recuerdo muy bien el instante en el que oí su dulce voz. A veces lo traigo a mi mente cuando me siento triste. Dijo que si podíamos vernos pero lo que oí fue un canto de ángeles celestiales en mi oreja. Esa noche cuando regrese a mi casa empecé a escribir esto. Hay la posibilidad que algún día Isa lea esto y sepa que mientras escribo, sentado frente al editor de texto, me sumerjo en las letras para aparecer a su lado, el día que nos conocimos. No quiero sonar cursi, mucho menos empalagoso pero aún guardo amor después de todo lo que esquivamos, caímos y derrotamos. En la escuela cuando debía iniciar un relato siempre lo hacía con: Había una vez... pienso que porque eran inventados. Isa y yo vivimos tantas cosas que sería un insulto empezar esto con un habíaunavez. No sé por dónde me llevará este relato a medida que avance en nuestra historia pero sé como es el inicio. Es amor. Recuerdo que desde pequeño me ha gustado escribir aunque nunca fui bueno. En las redacciones escolares me iba bastante bien. Una vez la maestra nos encargo escribir un relato. Era una historia de amor que escribí mientras pensaba en la niña con trenzitas que se sentaba junto a mi. Las historias siempre me atrajeron por su escape de la realidad y ahora es el momento de contar la mía con Isa.
Hay quien piensa que el amor no se trabaja sino que se presta. No soy de esos. Lo supe el día que escuche: el amor necesita trabajo más que olvido. Creo que tenía razón. Las noches en las que el insomnio viene a visitarme miro el techo intentando recordar el día en el que el amor me unió a Isa. Escribo en el efímero tiempo de mis letras y el pasado se hace borroso. Era estar solo y triste un fría noche de enero y la mañana siguiente renacer en la primaveral existencia de Isa. Mis días pasaban pero eran todos iguales. Isa llegó para llenar mis vacíos y quitar lo que sobraba.
Llegó como el salvavidas para un náufrago. Recuerdo esos días porque las cosas no iban bien y parecían no querer cambiar. Ese domingo desperté temprano y vi que frente a la casa que estuvo desocupada durante meses había un camión de trasteos aparcado. Ella iba vestida solo con un pantalón y una camisa blanca. Se veía hermosa. Salí de mi casa y me ofrecí a ayudarle a cargar una de las cajas. Mi primera inhalación junto a ella olía a un millar de rosas, a buenos recuerdos.
Vivía frente a mi casa así que la veía a diario. No sé si fue Dios, el destino, el Ka o la entidad inmaterial e indefinible que rige la existencia lo que hizo que nos conociéramos, pero el tiempo, que nunca se ha parado a esperar, me ha confirmado que somos el uno para el otro. Al comienzo no creo que ella supiera lo que significaba para mí o lo que su sola presencia provocaba en todas las dimensiones de mis sentidos. Yo lo sabía y quería demostrarlo más allá del lenguaje. A muchas personas les ocurre y no fui la excepción. Quise ser una mejor persona para mi y para ella.
Es mentira que una persona no te habite las veinticuatro horas del día. La razón occidental se ha empeñado en separar el cuerpo del alma y no están del todo mal. Mi cuerpo se levantaba todas las mañana e iba al colegio pero mi alma nunca dejaba a Isa.
No había vivido lo suficiente para entender la complejidad de la vida. Las preocupaciones de mi yo en ese cuando eran: una tarea para el colegio o salir a jugar fútbol. No pensaba en deudas que pagar, en una nevera que abastecer o una casa que rellenar de cosas. Ni siquiera imaginaba buscar una alma gemela con la cual pasar el resto de mis días. La realidad, la existencia y la vida no me han agradado y yo a ellas tampoco. Ya lo había dicho: las cosas no eran las mejores y las tres intransigentes señoras no apoyaban mi miserable ser, y aunque las palabras no logren describir en lo más mínimo lo que desató en mí que Isa le interesara hablar conmigo, voy a intentarlo, otra vez.
Me acuerdo de los mayores diciendo que no se vive de amor. Para mi yo adolescente el primero tuvo la suficiente energía para dejar ridículo al sol en su rutilante inmensidad. Parecía que con él se podía vivir una eternidad y quedar suficiente combustible para otra media vida.
Las cosas fueron naturales, desde la primera vez que intercambiamos los saludos que nos habían enseñado y el apretón de manos de presentación. Ocurrió lo que no pasa con frecuencia en la vida ordinaria. De esas veces en las ganas un amigo verdadero, una amistad leal o el amor de tu vida. Creo que fue así. Tenía mucho que aprender y poco que ofrecer pero ella tenía lo que me faltaba y yo lo que ella necesitaba.
Así empezó todo, ella me dio su número, yo la llave de mi pecho. La luz en el cielo se iba acabando un poquito cada minuto mientras esperaba la noche para hablar. Conversaciones desde que el firmamento era un tela negra salpicada de estrellas hasta que los primeros rayos de luz asomaban tras las montañas. No siempre fue así. Hablábamos siempre que podíamos. No importaba la hora aunque la oscuridad de la noche fuera nuestra favorita. Sin importar que hubiéramos colgado el teléfono tres horas antes. El otro siempre recibía un mensaje de buenos días al despuntar el alba.
Mis días eran fotocopias uno del otro. Vivía tranquilo pero no era feliz. Tenía momentos alegres pero los malos los hacían lucir minúsculos, insignificantes. Isa cambió todo eso. Los días ya no parecían tan grises, su sonrisa cada mañana que la veía en la ventana de su casa hacían que todo valiera la pena.
Nos despedimos a eso de las tres de la mañana. Me fui a la cama con una sonrisa tan ancha como el océano, sin importar que tuviera que levantarme a la seis. Apenas mi cabeza tocó la almohada caí dormido.
El despertador sonó estruendoso en la oscuridad de mi habitación. En otras circunstancias habría despertado de mal humor y con ganas de seguir durmiendo. Sé que me repito pero mi primer pensamiento no era de disgusto, fue de tener otra oportunidad de verla. Ella hizo que el dormir de pocas horas no me robará la energía ni las ganas de vivir.
Antes de cerrar la puerta tras de mí, me quedé viendo su casa en el otro lado de la calle. ¿Qué ocultan esas paredes?. ¿Qué soñaría Isa después de hablar conmigo?. Salí de mi casa con la luz del día apenas naciendo en el cielo. Esos meses tenían noches largas y frías y luz de día intensa y tardía.
El aire entraba frío en mis pulmones mientras caminaba junto a los andenes. Pensaba en Isa, en sus ojos, en la forma de los hoyuelos en su cara, en lo bien que me hacía sentir estar cerca de ella; en la cosa, que no podía definir y que corría por la médula de mis huesos cada vez que nos separabamos; en la intensidad del magnetismo que circulaba en mis nervios, en el trigémino, en el laríngeo recurrente y en mi nervio troclear. Todo mi camino hasta el colegio lo hice así.
No quiero sonar pretencioso aunque mis palabras desafinan con mis acciones. Lo único que encuentro para explicarlo es la letra de una canción: me ajusto a la vida pero la vida no es justa, quien yo quiero no me quiere y quién me quiere no me gusta. Así pasó y ahora la llamo: la que no tenía nombre. Llegó nueva al colegio en enero. No demoró en adaptarse y desde el comienzo se empeño en acercarse a mi. Nunca le pregunte de manera formal si me quería o solo era la expectativa ajena que debía llenar. Quería que yo fuera su novio. Antes de Isa la única preocupación que había en mi aburrida vida era salir bien en las calificaciones, incluso en la primigenia revolución de mis sentimientos hacia el sexo femenino la que no tiene nombre nunca me atrajo física ni emocionalmente.
Empezamos siendo amigos y compartimos lo que atesoro sin la menor incertidumbre en la naturaleza despechada de mi corazón. Me inspiró a escribir de las ruidosas miradas que encontramos en los silencios del otro; fotografías sepia de cada vez que nuestros labios se unieron.
El tiempo y yo fuimos enemigos desde mi primer llanto en este mundo, pero debo darle el crédito de ser especialmente abstracto para que Isa y yo nos volviéramos casi inseparables. A donde quiera que ella iba yo estaba ahí. En cuerpo o mente siempre la acompañaba.
Las visitas eran frecuentes por lo que no tengo problemas en recordarlas. Salvo por una. La vez que Isa y yo pedaleamos juntos. Es como ver una película de treinta y cinco milímetros con muchos eslabones perdidos. El amigo que tenía nombre de pintor renacentista y de una tortuga ninja me llamó para ir a su casa. Era una tarde en el infierno, soportable solo por hablar con Isa. Ambos sentados en el borde de la puerta de su casa viendo jugar a los niños con dos piedras de portería. Intento escribir lo más fiel que puedo. Lo más fiel que mis recuerdos permiten pero el pasado se vuelve difuso cada vez más a menudo. No estoy seguro si yo se lo pregunte o si ella se ofreció, el caso fue que terminamos andando en bicicleta para ir a visitar a Miguel Angel.
El anterior párrafo lo escribí hace unos meses y desde que puse el punto final no he dejado de darle vueltas en mi cabeza a lo ocurrido ese día. Dos noches seguidas soñé con la ambigüedad de los hechos. En el primer sueño cuelgo mi celular, me despido de un beso en la mejilla, Isa dice que no puede ir conmigo y me voy sin más. La noche siguiente soñé con ella ofreciendo acompañarme si tenía otra bicicleta.
(La intromisión del autor es perjudicial para la atmósfera de una novela pero como estas palabras no son eso, voy a decir lo que tengo que decir. ¿Quien sabe cuantos años han transcurridos para estas líneas?, ¿Quien estará leyendo?. Amigo lector te quiero contar lo que no pude escribir de otra forma que no sea dirigiéndome a alguien. No sé muchas cosas sobre mí mismo así que puedes imaginar lo que conozco de los demás. No tengo idea de a qué te dedicas o cómo encontraste el papel, pdf, epub o donde coño sea que estés leyendo esto. Tampoco sé si trabajas ocho horas al día o de sol a sol o si tienes esas cosas para las que nos educan desde el primer año. Tal vez eres un médico, una abogada, un megalómano ingeniero, o de la mayoría que se levanta cada mañana a luchar hasta que el sol se oculta.
A lo mejor entiendes como me siento. Es lo que quiero contarte. ¿Nunca te pasó cuando eras más joven eso que llaman enamorarse solo? o ¿confundiste amabilidad con amor?. Lo único que sé con seguridad es que encariñe con Isa cada vez que la vi, cada vez que la vi parpadear, cada vez que la veía sonreír, cada vez que la veía convertirse en un ángel frente a mis ojos.
Antes de irme quiero dejarte algo. Puede serte útil como puedo no serlo. Acuérdate de esa primera chica de la que te enamoraste o chico según sea el caso. No estoy hablando de tu primer novio o novia. Hablo de la persona que seguramente te gustó desde el primer día que la viste en el colegio, en el instituto o que llegó nueva cerca de tu casa. Lo digo en mi voz y en la de la mayoría porque son muy pocos los que logran estar desde el principio con su primer amor. Yo quería eso. Si todavía no llevas demasiado tiempo en este mundo lee esto con sumo cuidado, hazlo lo posible y lo imposible por estar con él o con ella. Vuelve a leer la frase anterior. En la corta eternidad que supone el camino desde que nacemos y terminamos en un cajón bajo tierra, la única definición que hace justicia al reflejo de roma es vivir con nuestro primer amor.)
Por esos días estaba cerca la fecha que usan para justificar el sufrimiento de las ciento veintitrés víctimas del incendio en la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York. Me parece muy banal que haya quienes crean que solo existe un día ideal para demostrar el aprecio a las mujeres y ahora que lo pienso yo era de esos porque junte un poco de dinero, no mucho, para darle un obsequio a Isa.
La madurez llevaba periodos de gracia como años yo en el calendario y la rosa de los vientos no indicaba rumbo preciso para las intenciones que quería regalar a Isa. Busque en las vitrinas de las misceláneas de mi barrio, eso que significara lo material que mis sentimientos no podían atravesar. La llame y quedamos de vernos en el parque a las cuatro. Yo llevaba mi regalo escondido en la parte de atrás de mi camisa. El que siempre se sentía bien junto a Isa empezó a sudar las palmas de la mano y se anudó las cuerdas vocales en la garganta.
Ella llegó primero y me estaba esperando sentada en el único banco que tenía ese parque. Llevaba un vestido blanco arriba de las rodillas, ese día era la mujer más hermosa que haya visto jamás, hoy escribo esto y aún no encuentro los sustantivos, las analogías ni los verbos o los adjetivos que traduzcan su belleza en letras. La luz del sol que ya se extinguía, por ese día, besaba su piel descubierta. La sangre pugnaba por salir en sus labios. Sus ojos encontraron los míos y la conexión con la que sueñan los ordenadores estableció la combinación de nuestras cerraduras. Sentí cada paso que di hasta llegar al banco igual que los israelitas en el desierto. Quería correr pero el tiempo parecía estar detrás del cristal de un acuario. Me quedé inmóvil como el disco de ese rapero que tanto idolatro. No sabía decir y no podía decir.
Desde esa tarde que ella recibió con notable alegría mi humilde y sencillo regalo nos acercamos aún más. Juntos pasamos por muchos ciclos de sesenta: primero segundos, luego horas. Despertamos todos los días, terminamos todas las tardes y dormimos todas las noches, cada uno por su parte o juntos, pero nunca solos.
(Hasta ahora lo hechos de esa rutina fueron los días más felices de mi vida. Me los reservo a son de parecer egoísta porque son solo míos, ni siquiera son de Isa. Son los míos porque yo los viví. Sé que no me entiendes pero más adelante te lo explicare. Para eso he vuelto a entrometerme: para explicarlo. No me juzgues antes de tiempo.)
Pasado un lustro desde ese diecisiete de marzo me atrevo a decir que esa noche de sábado será la más feliz de mi vida. La luz de los postes en la calle brillaba con su desaliñado naranja. Isa y yo sentados en las escalerillas para entrar a su casa conversábamos de las polillas que bailaban cerca del foco. El tema fue variando a medida que más estrellas aparecían en el firmamento. Sus sueños y mis pesadillas, la calma de mis ojos y los tormentos de sus caricias. Hablamos mucho Isa ¿recuerdas? quería saber lo que te irrita de la vida, lo que te regala, lo que te quita. Quería saberlo todo. Que escondían tus pupilas detrás de las cenizas. Los ríos que fluían serpenteantes en tus labios. Sabías que quería. Sé que no recuerdas por las telarañas que habitan tu memoria pero lo voy a hacer por los dos. Ese pequeño duende agazapado en un esquina lo va a hacer.
No te lo dije pero el naranja llegaba débil a tu cara arrancando destellos calcinantes en tus mejillas. Esa noche eras más hermosa que cualquier mujer que pudiera nacer en esta pocilga de mundo. Esa noche Dios debió estar de buen humor porque si sonreías con mis bromas, la divinidad de la que se jactan las iglesias, eras tú.
Estábamos cerca de ser uno y no hablo de pasiones carnales. El peor basilisco al lado de la sílfide más bella de todas las criaturas. Fuimos humanos durante un segundo y las palabras salieron de tu boca, flotando a la deriva en el aire, en un idioma distinto. Sabía lo que significaba pero ¿por qué usar otra lengua?. Respondí a la pregunta y la repetiste de nuevo. Lo entendí y me acerque el noventa por ciento. El diez restante terminó en mi primer beso con Isa. Un millón de hormigas de fuego. Un millón de mordidas en cada milímetro de mi piel. Muy simple. Un segundo de labios y el dolor placentero de ser abofeteado por Dios desapareció.
Había probado elixir de vida y seguía muerto por volver a besarte. Muerto y veintiún veces muerto, la boca contra la grama, esperaba nacer de nuevo. Iniciar de cero y descubrir todo, con lo bueno a cuestas, contigo a mi lado. Fue la oportunidad que había esperado desde que te conocí. Desde el noviembre que te vi. No había ensayado nada pero las palabras fueron las indicadas. Ya no quería mi vida, sus antónimos ni sus porquerías. Quería vivir en la tuya aunque que fuera solo en un pedacito, eras/eres el cielo al que aspiraba/aspiro en mi inocencia mutilada/indeterminada. No respondiste como yo esperaba. No tenía nada que ofrecer, es cierto, pero mis intenciones eran sinceras. Me tendiste la llave, ciego y creyente, intente cogerla y en el último instante la arrojaste al mar. Te exijo una razón para darme la eterna felicidad y arrancarla de mis labios antes de poderla disfrutar.
Doce letras y cuatro palabras: Tú eres un niño. La edad es solo un número y la cárcel a la que me condenaban solo una habitación. Cuatro años de diferencia en este texto y tres en cangrejo. Surgieron las mismas preguntas y las mismas respuestas. ¿Acaso el amor se debe regir por la edad?. ¿Será que la edad debe ser un motivo para dejar pasar el amor?. Siempre te mostré roma frente a todos los espejos y esa noche nos despedimos sin realmente vernos.
Pasaron dos días en los que no hablamos ni nos vimos. No sé que hiciste pero esas dos noches las pase buscando tus reflejos en la luz del sol, tu aroma en la hojas que mecía el viento y los ojos pálidos de la luna revoloteando en el cielo.
Ese lunes el encuentro fue fortuito y yo inicie, deliberado como si todo/nada hubiera pasado, el tema de conversación. Aparecieron los quién, cómo, cuándo y por qué. Mis intenciones tercas y tu silencio indómito. Llegaron cobardes interrupciones, el escape tecnológico (que él odia) continuó recto en mis dedos pero desviados y sospechosos en tus no labios.
Nunca me quite esa palabra. Su verbo significa para mí lo mismo que la fé para los creyentes. Inexperto y tonto insistía con poesía patética que entendieras la unión que tu razón no hallaba. No tenía tus sentidos pero descifraba (el gris) los códigos binarios bajo la selva de circunferencias. No sé porque no los seguías, gritaban silenciosos que me abrazaras, que me amaras sin cláusulas temporales ni mala memoria.
Las intrusas interrupciones abandonaron, cansadas y agobiadas, horas después. Los dos solos de nuevo. Sin saberlo tus letras y tus palabras me causaban daño pero verte valía la pena. Tu recuerdo hoy todavía vale la pena y lo valdrá hasta el día en el que me muera. Dos días que no te veía, olía o me sonreías. Con tu eco retumbando en mis labios y cuarenta y ocho horas sin verte cualquier cosa que pidiereis la hubiera hecho. Pudiste pedir muchas cosas: quedarme sin uñas, sin dientes, sin huesos pero elegiste una promesa. La peor de las todas. No me di cuenta por culpa de mi adolescencia pero no era mía la promesa. Era tuya. Los números volvían a jugar. Prometiste esperarme tres años; hasta el quince más tres.
Un reverendo imbécil aguardaría mil días a un lado del campo sin poder jugar. Contraataque tu promesa con la deuda implícita que el tiempo no te dejaba saldar. En la capital de Italia que me ayudaste a construir cada día que me mirabas sin decir palabra y cada noche que explayaste hasta la madrugada, ardería en llamas los mil días, sin descanso, esperando que volvieras a gobernar.
No soy tan fuerte contigo y siempre seré débil sin ti. Acepte con la cabeza gacha el lapso que me prometías. No quería vivir ni un solo de esos días. Mi centro quería todo de ti y tú me ofrecías al padre de los desastres pero lo acepte. El reflejo de mi roma que era tuyo y el que creo que todavía tienes para mi al final vencería.
Eran las dos de la mañana, con dos noches de no dormir por pensar en tus labios junto a los míos y bolsas negras bajo los ojos no quería despedirme. Pero lo hice de un beso en la mejilla, por educación. Pero de una manera espontánea ella me tomó de la mano y me llevó hacia ella y me dio un fuerte y apasionado beso. Todo volvía a empezar, tus metáforas sobre mi cuerpo y mi fauna alada aterrizando en delicada paz. No debía haber palabras y no las hubo. Tejimos puentes en nuestras ventanas y otra vez fuimos uno. Por tercera vez.
Ojala se pudiera gobernar el camino que el compás que late bajo el pecho elige en su incansable ida y venida. El mio llevaba millones de sístoles y diástoles pero seguía indeciso hasta que decidió su rumbo, sin consultarme esa madrugada, a Isa. El roto había elegido y pasarían dos semanas antes de poder volver a verla.
Se cambió de casa. Las dos semanas que anteceden a su regreso el fastidio y la insistencia marcaron su número y oyeron su voz en el contestador de llamadas. La angustia y la nostalgia vieron la casa que no era más la suya siempre que regresaba del instituto. La única vez que levantaste el auricular para responder a mis gritos, tu desprecio y tu olvido dijeron en mis oídos tercos que me olvidara de todo.
El señor tiempo siempre ha sido exacto y el último día de la segunda semana, estaba en el último cuarto de mi casa y oí tu voz. Imposible, lo sé, pero lo oí no sé si con el corazón o las orejas. No conté los pasos para salir a verte pero no fueron más de los que cuenta una mano. Sonará amargado y desconsiderado pero no hubieras venido si traías esa noticia. Cuando salí y te vi, sentí llenos todos mis vacíos pero como siempre te veo con los mismos ojos y siempre veo lo bueno que es la mayoría en ti, no vi, como dice hace unas líneas, la noticia que escondías.
Tus labios que se habían sellado con los míos los odie. Si lo hubiera sabido habría pagado porque te quedarás muda. ¿Sabes, tengo novio? a pos de sonar simplón y banal ¿no te diste cuenta cuanto me dolía cada palabra que decías?. Mi cara y mi mirada nunca han mentido a nadie y menos a ti. Tu luz que volvía a iluminar mi clima árido y vacío se extinguió con la última sílaba.
Lo vi solo una vez y no tendría porque odiarlo, pero contigo era otra cosa distinta. Mi deber era hacerlo. Eso fue todo lo que dijiste, ni siquiera te importo lo que yo creía que tú entendías como importante. Te vi alejarte con él y comprendí que amaba que fueras distinta a mi y me complementaras pero siendo igual de distinta no entendías en mi lo que yo entendía en ti.
¿Recuerdas esa noche que prometiste guardar algo de tu tiempo para mi?. ¿Donde quedo?. Sé que nadie es irreemplazable pero tu desprecio no merecía hacerme esto. ¿Recuerdas también esa tarde en el parque que las palabras se quedaron mudas y sin lenguaje te di todo lo mío esperando que tu me dieras lo que quisieras?. Porque con eso sería suficiente. Lo mío sé que no valía nada pero un solo fragmento tuyo para mi era inagotable.
No te he confesado que me volví un acechador. Espera, ¡ESPERA!, no me juzgues, ya lo sé, suena enfermo y pervertido pero solo quería saber de ti. No me estoy justificando pero aunque quería que fueras feliz también quería que fuera solo conmigo y vuelvo a sonar egoísta pero mis adentros apostaban y estaban seguros que tu relación no iba a prosperar.
Equivocado como la mitad de mi vida. Quedaste embarazada. No tengo nada que escribir sobre lo que vino después de esa noticia. Nada, esa era mi realidad: La nada.
...
Adormecido de mal manera, medio muerto, medio vivo. Tocaba las cosas pero eran insulsas bajo mis dedos. Los colores del mundo se quedaron en negros y grises. Me veían mal y me aconsejaban pero no los aceptaba. No quería estar más aquí porque todo me recordaba a ti.
El foráneo extraviado en este polvorosa ciudad que había llegado en el dos mil ocho decidió que lo mejor sería alejarse de estas calles y este cielo. No sirvió de nada. Cambie el escenario y el clima del entorno pero tus fantasmas me coqueteaban en cada esquina, en cada rostro. Esa fría temporada hubo un rostro muy parecido al tuyo, casi igual de hermoso, congeniamos bien porque se parecía mucho a ti. Pero, siempre hay un maldito pero: Aunque fuera idéntica a ti nunca sería realmente tú.
La conocí en una feria bajo una canción distinta pero la misma luz naranja. La misma que había iniciado lo tuyo y lo mio. Ese fue el principio de las acciones que hice para sacarte de mi cabeza pero el final fue el mismo. Ella tenía novio.
...
No se puede estar demasiado tiempo en un solo lugar. Te empiezan a crecer raíces podridas. No estaba bien pero la melancolía era manejable. Empaque mis cosas y regrese a la ciudad de la que había huido. La muerte tendría que esperar otra temporada. La fuerza de voluntad no me dejo hundir en la pena y ahogarme en la tristeza.
Idiota como la otra mitad de mi vida. Llegue a la misma casa y volví a mirar con los mismos ojos y la misma nostalgia estúpida la casa que ya no habitabas. De nada servía escapar. A donde iba tus reflejos me perseguían. Tenía que seguir con mi vida pero el que regresó para estudiar en una UNI-vesidad no era yo. Ese que menciono debía llenar muchas cosas: Conseguir un pregrado, una buena mujer, un buen trabajo. Nadie hablaba de conseguir una vida feliz y que no fuera copiada.
No quiero ser malinterpretado por sonar vago o conformista. Hacer lo mismo que los demás esta bien para la mayoría pero no para mi.
La pesada rutina de mis días de universidad sólo era alterada por las conversaciones que Isa y yo teníamos por whatsapp. Me levantaba temprano, iba a estudiar, hacia mis practicas ocho horas y regresaba a casa a dormir. De vuelta a empezar otro día idéntico al anterior. Empezamos de nuevo, aunque ya nos conocíamos. Una noche acordamos vernos de nuevo después de meses de no tener una conversación real uno frente al otro.
Se puede sólo existir pero es horrible no tener a quien amar. Con ver a Isa en el mismo parque, de nuevo, deje de existir y volví a vivir. No sabes lo bien que me hacía volver a verte. Aunque no dijeras las palabras que quería oír, tu imagen llenaba mi alma. ¿Recuerdas las noches que pasamos juntos tirados en el prado solo viendo las estrellas?. Sé que tu memoria no es buena pero puedo refrescarla. Una noche de sábado: tú un uno y un tres, yo un uno y un seis. Me dices que no te haga reír más, sientes que vas a estallar. Tus ojos brillaban tan tiernos y salvajes que las estrellas sentían envidia de que sólo me miraran a mi. Hablo por mi y no sé si por ti pero con cada estallido de risa y cada parpadeo me enamoraba más.
El tiempo se hizo líquido y se me escapaba de las manos. Mueves un milímetro tus grises y las horas pasan en un segundo. Confiesas, con la negra cúpula sobre tu cabeza, que la rutina también te acompaña desde ya tu sabes cuando. Más segundos que son horas y dices que lo que haces es raro.
Yo no aguantaba más. Quería besarte antes que el mismísimo tiempo se quedara sin vida. El foráneo extraviado no iba a dejarme hacerlo hasta que formulara una pregunta. Eso era lo único que me susurraba al oído. Isa, esta noche los mismos ojos que ven en sueños dicen: Hermosa, no sólo estás bella, eres preciosa. No importa cuando lo digan: Hoy, ayer o quinientos años contando desde ahora. Y antes de seguir adulando sólo tengo una pregunta: La promesa de tres años, ¿La recuerdas?.
Sí... no lo sé... sabes que no soy perfecta. Me deje llevar por los dulces que me ofrecía un brujo en una casa de jengibre. Sabes muy bien que te quiero y te he hecho sufrir pero no sé lo que ésta cabeza quiere. Verte de nuevo era algo que al menos si quería hacer y te prometo que el tiempo despejará esta niebla que no me deja pensar bien.
Renovaste la edad de espera. Veinticinco años. Las cuentas no me salían porque esta vez sabía que no iba a resistir. Tontito, cuando yo cumpla veinticinco años ¿entiendes?. Tengo que irme pero te voy a dejar esto (¿qué?). Me besó sin adverbios ni adjetivos estúpidos. Si antes estaba ciego de amor por ti. Ahora solo quedaban cuencas vacías.
…
Trabajaba de lunes a viernes cortando pendones para una empresa publicitaria. No exigía esfuerzo físico pero era agotador. Estaba metido en un cuartucho, rodeado de máquinas jadeando calor, ocho horas cada día. Era jueves y la cortadora se había estropeado en esa mañana y no funcionó hasta después de medio día. Así que estaba atrasado con mi trabajo. A las cuatro de la tarde, puse más plástico y acomode el cabezal, el proceso iba a tardar una hora y media, así que decidí que mañana acabaría con el resto. Apreté el botón ON y deje que la máquina hiciera su trabajo.
Abrí una ventana para que el calor no se empezara a acostumbrar a tenerme atrapado en ese infierno. Después de ingresar los diseños en las otras cortadoras me fui a un rincón y me senté en una caja. Abrir la ventana no sirvió de nada, a mi parecer el aire del mundo se había acabado. No corría la más mínima brisa. No podía abandonar mi puesto y tampoco podía hacer más. Después de que las máquinas empezaban a cortar me convertía en una especie de supervisor del láser.
Subí los pies a una caja que tenía más plástico dentro y saque mi celular. Revise los mensajes, dí algún me gusta en facebook y lo bloquee de nuevo. El día no terminaba de ser aburrido. Se me vino a la mente la letra de una canción de Arjona: Te conozco desde el pelo hasta la punta de los pies Sé que roncas por las noches y que duermes de revés Sé que dices que tienes 20 cuando tienes 23; se la había dedicado y siempre me la recordaba.
─¿Aló? ─dije.
─Hola José, ¿cómo estás?.
─Mal pero acostumbrado y ¿tú?.
Estaba bien, lo cual no era novedad, todo el mundo estaba bien en una llamada telefónica. Lo nuevo fueron sus ganas de verme. Estoy cerca ¿será que podemos vernos?. La caja quedó abombada como un mal acordeón cuando me levante para aumentar la velocidad de corte. No podía irme hasta las cinco y quedamos en que ella me llamaría cuando estuviera en la entrada.
Dieron las cinco y el láser sólo había cortado el cincuenta por ciento, del anuncio de elección de un candidato de poca monta. Mi celular sonó de nuevo.
─Ya estoy aquí.
Pulsé pausa en la pantalla LCD y salí. Bajé las escaleras de a dos escalones. En el último tramo pegue un salto desde la mitad. Caí mal (lo iba a lamentar en la noche) pero la felicidad era mi mejor analgésico. Me esperaba recostada en una pared.
─Hola
No conteste; (casi) me abalance sobre ella, no quería saludarla, no quería sus manos ni sus palabras. Quería su afecto, sus labios, la quería a ella completa. El final de la carrera, fue un incómodo menjurje entre abrazo y beso en la mejilla.
─Me tengo que ir... ya es muy tarde… tenemos que hablar… pero rápido.
Tardé en darme cuenta pero sus pausas entre frases eran por las miradas de los curiosos que nos veían. Conocía a varios de ellos y me importaba una mierda que nos vieran juntos.
─Podemos ir a otro lado si quieres.
Caminamos cogidos de la mano las tres calles que escogimos con cuidado para no ser vistos por nadie. Dejamos atrás los edificios con sus cortadoras láser y sus kilos de plástico para llegar a una casita, bastante vieja, donde vivían dos ancianos que se iban a dormir a las cuatro.
─¿Es verdad tu promesa? ─le pregunté.
─¿Cuál promesa?.
─La de los veinticuatro, cuando tengas veinticuatro, por fin vamos a estar juntos.
─De eso quería hablar… lo mejor es que no te ilusiones, todo depende de mi situación.
¿Y que había de mi situación?, estaba cansado de vernos a escondidas, de no poder gritarle al mundo que al fin puedes quererme; que todos se dieran cuenta de lo mejor que iban a ser las cosas.
─La forma más sencilla va a ser que no nos veamos más de dos veces a la semana ─continuó─ y nada de llamadas, mucho menos mensajes.
─Está bien ─contesté derrotado─ ¿todavía puedo besarte?.
Silencio, Isa no contestó, se quedó mirando sus uñas. Yo no podía quitarle los ojos de encima; entonces empezó a ocurrirme eso que siempre me pasa. Una luz que parecía como niebla se posó sobre ella, en sus hombros, en el pelo y se fue enrollado en sus mejillas. Y ahí estaba yo, en trance viendo como el alma se le quería escapar de la piel, cuando Isa me besó.
Viernes en la mañana y no tenía energía ni para terminar la semana o rellenar la hoja. Era época de exámenes y me tocaba uno de álgebra lineal. <<Resuelve el sistema de ecuaciones>> ponía el primer punto y me causó gracia que un examen tuviera la suficiente confianza como para tutear a un desconocido. Estaba sentado junto a la pared, con unas profundas ojeras de no dormir por dos razones: Estudiar las demás asignaturas y hablar con Isa hasta la madrugada.
Tuve la tarde del jueves <<libre>> después de tres exámenes seguidos: cálculo integral, teoría electromagnética y comunicación oral. Estaba molido y dormí doce horas seguidas. Me desperté hambriento, a media noche. Comí algo ligero y me dispuse a estudiar álgebra. Abrí un libro, que había prestado en la biblioteca, en la página veintiuno, busqué una hoja limpia en un cuaderno y me dije que no me levantaría hasta terminar el ejercicio que nadie había podido hacer.
Me gusta hacer las cosas con lápiz, con el grafito es más fácil corregir los errores. Y vaya que me estaba equivocando, la hoja con la que había empezado no aguantaba una sola pasada más de la goma. Para no distraerme mientras estudiaba dejaba mi celular en silencio y cuando lo cogí para tomarme un descanso de las equis, Isa me había enviado un mensaje.
Cerré los ojos un momento y casi caí dormido sobre la hoja de examen. Me reproché por irme a dormir tan tarde pero el recuerdo de Isa me alegraba. El profesor anunció: Faltan treinta minutos. Su voz me hizo despertar del letargo en el que estaba. Había garabateado algún procedimiento pero ningún resultado. Al examen le quedaban treinta minutos a mi dos puntos por hacer. Los más difíciles. Me obligue a apartar a Isa de mi cabeza y concentrarme en el resultado trivial de ese sistema de ecuaciones. Fui el último entregar. Me despedí del profesor (halagar sirve de mucho en la academia) y salí esperando compasión en mi nota.
Llegué a mi casa a las 7.05 y dormí hasta el mediodía. Cuando desperté tenía el tiempo suficiente para comer, vestirme y salir a mi turno de la tarde. El sueño fue bueno, casi reparador y cuando llegue a la fábrica tenía ganas serias de ponerme a trabajar. El empleado de la mañana me entregó unos diseños para cortar y me llevó toda la tarde calibrar las cortadoras. No importaba, me sentía particularmente feliz y cuando recibí una llamada casi estallé en mis ropas.
─Hola Isa ¿cómo estás?.
─Bien, mira ¿qué estás haciendo?.
─Trabajando.
─Y ¿estás muy ocupado?
─No mucho.
Estaba hasta el cuello pero siempre tenía ganas de verla. Revisé que las máquinas no dieran problemas y salí. Bajé las escaleras con cuidado, los talones aún me dolían y fui directo a donde nos habíamos visto el día anterior. El par de ancianos estaban sentados en sus mecedoras, dormidos con la boca a abierta. Me les quedé viendo, parecían muertos, entonces el anciano se giró y lanzó un sonoro pedo. Me alejé un poco del porche y vi que Isa se acercaba por la calle.
─Tengo que decirte algo.
─¿Qué?
─No podemos vernos más.
Tuve la sensación de ya haber vivido eso. Un dejavu. Ya sabía lo que vendría así que me anticipe. Dejé que Isa empezara con sus razones para no vernos y cuando vi la oportunidad la besé.
Se cumple una semana exacta desde la última vez que nos vimos. Días como hoy creo que estar enamorado trae más cosas malas que buenas. Extraño a Isa y no es agradable sentirse de esta forma. Es como el dolor fantasma después de una amputación. Hago mis cosas, rutinarias, de todos los días pero es como si me faltara algo que se que ya no está pero que aún siento. Ahora: releo lo que escribiste cuando éramos felices o más o menos felices y sentía como mariposas lo que hoy sé que son lombrices. El can tiene mucha razón y no sólo es lo que escribiste sino lo que prometiste. Supe que mi actitud era imbécil pero igual confíe que fuera cierta pero nada lo fue. Nada ha sido cierto pero igual te sigo queriendo, igual te sigo extrañando, igual sigo rezando por ti. Porque sé que Dios existe y es misericordioso más que inclemente. Y su tiempo es perfecto como le gusta decir a la gente en facebook.
Hablando de facebook, esta frase me gusta mucho: <<SON POCOS LOS MOMENTOS PERO MÁGICOS LOS RECUERDOS>>. Muy profunda si alguien pregunta y no es porque yo la ha <<inventado>>, porque todo ya ha sido inventado en este mundo; que el hombre no haya descubierto el resto, es tema para otra ocasión.
De cosas, digamos, escasas se puede sacar mucho. Muchísimo, en mi caso por lo menos, a diferencia de la rutina que se expresa en toneladas de extensa, abundante y cotidiana desidia, los pocos momentos válidos en el contexto de la palabra importancia tienen esa <<magia>> que reafirma su inexorable naturaleza.
Escrito se ve muy bonito pero no había nada agradable que me inspirara. Todas las noches le daba vueltas y vueltas intentando encontrar una respuesta y lo más cercano fue esa frase. Aunque no abarcaba todo lo que me rondaba en la cabeza se acercaba mucho. Eso que se le escapaba se filtraba en mi estado de ánimo como un veneno. Una arroyito color ámbar que me iba pudriendo. No pasó mucho tiempo antes de que empezara a ver los efectos.
No diría que soy una persona feliz, porque nadie lo es en realidad, pero de lo que podríamos considerar fútil felicidad pase a sentirme irritado por todo. Todo el día andaba de mal humor. Me exasperaba hasta la conversación normal. Los buenos días, buenas tardes, que descanses me producían escozor mental. ¿Qué razón tiene ser amable? si no hay nada que valga la pena. A todos nos enseñaron a ser amigables con los demás pero eso pierde su constancia cuando se trata de idiotas y por usar una palabra corriente no es que importe realmente porque lo que nos hace soportar la carga de tolerar a todo el mundo son las pequeñas cosas. Tú nombra lo que quieras: que tu madre te llama niño, un clima agradable, hablar de fútbol, el beso en la mejilla de tu abuela, la lista es interminable. Mi pequeña cosa, la que hacía que todo valiera la pena, era Isa.
La había perdido, no para siempre, y aguardaba la esperanza de un milagro. No podía conciliar el sueño y todas las noches rezaba, por ti. Rezaba porque estuvieras bien y te mantuvieras así, por tu felicidad.
Un círculo vicioso, con la trayectoria irregular de volver a lo mismo. Creía que habíamos terminado y con la tragedia de esas situaciones pensé que era así. Ahora quieres verme después del trabajo; un mensaje como si nada hubiera ocurrido y volvemos a empezar. Odio que me domines de esa manera, con un simple dedo, pero no me puedo enfadarme contigo, simplemente no puedo.
Si tan solo esta sensación de bienestar fuera constante. Te daría otros mundos aparte de éste, los colores de los pájaros, el hormigueo debajo de la piel y animales hechos de nubes.
Disfruto la sensación, de volverte a ver, todo el tiempo que puedo mientras pongo un lámina para que la máquina corte un corazón en ella. Espero que te guste porque sé que te gustan los pequeños detalles tanto como tú a mi. Sale bastante bien, el láser es una cosa de locos, ni el artesano más experimentado puede hacer un corte tan perfecto. Pero le falta algo, un corazón de madera no significa nada, hay millones de ellos en las vitrinas de las tiendas. Pienso en lo más valioso que hay que poner en un corazón y la respuesta es fácil.
En el lugar de siempre algo raro pasa. Es como si volviera a ser adolescente y estuviera delante de la niña que me gusta. Regularmente no siento los latidos de mi corazón pero ahora con mi obsequio recortado detrás de mi espalda, el martilleo en el pecho es inesperado. ¿Qué mierda me pasa?. Pongo mi mano sobre el pecho y el músculo parece acelerarse entre cada sístole y diástole. Las falanges tiemblan como roídas por el frío.
Isa venía calle arriba con un pantalón azul ceñido a su esbelta figura. Caminaba despacio y su silueta se iba agrandando con cada paso y con ellos la velocidad de mis latidos.
Hola ─dice─ en el instante en que una brisa se cuela entre su cabello y esparce su fragancia sobre mi. Después del saludo con un beso en la mejilla conversamos lo que conversa la gente y nos reímos de los chistes de siempre.
─Me voy.
─¿Tan rápido? si apenas llegaste.
─Lo que quiero decir es que me voy a cambiar de casa.
Me dijo que la decisión estaba tomada. Era la mejor opción para olvidarnos porque si seguiamos viendonos todos los días, con solo salir a la puerta, nunca podríamos hacerlo. No lo dije pero pensaba que quizá la universidad sería sitio de reemplazo. Estaba equivocado. Esa nueva circunstancia le daba un giro de ciento ochenta grados a nuestra relación. Si es que puede llamarse así. Demasiado contradictorios para la física moderna éramos nada y todo a la vez.
─… así podemos dejar todo atrás y olvidar por completo.
Pobre del hombre que de ilusiones se desvive y guarda la esperanza de que la distancia no cambia en nada las cosas.
Quería engañarme yo mismo y que Dios no metiera sus narices en esto con su: Así es como Dios lo quiso, Él sabe cómo hace las cosas. Antes de que pudiera querer algo más, sonó un celular. Isa tenía que irse. Problemas familiares. La despedida más seca: un simple estrechón de mano y un chao. Me arrepentí de no haberla tomado, traído hacia mis brazos y darle lo que hubiese sido el último beso.
Fui a recoger a mi hermana a la fundación donde estudiaba. Orille frente a la entrada y revise la hora. Faltaban diez minutos para las seis de la tarde. Nunca había sido puntual pero ese día el tráfico estuvo ligero. Me quite el casco y observe a los otros moteros y los pocos carros que esperaban que alguien saliera. Solo nos quedaba esperar. No tenía internet y para matar el tiempo me puse a ver las sombras que el sol de fin de tarde alargaba sobre el asfalto.
Paramos en un semáforo y recibí una llamada:
─¿Y ese milagro? ─contesté tratando de ocultar mi emoción.
─¿Dónde estás?
─Voy pa’ la casa ¿por qué?
Me dio la dirección de su casa. Antes de salir de la mía me cambié la camisa y me unte de colonia. Llegué al 12-21 de la calle diciembre (¿qué clase de nombre para una calle es ese?) y toqué el timbre. Una vez , dos, en el tercer intento deje presionado hasta que mi yema se puso blanca. A lo mejor había salido. Yo y mis mentiras de racionalidad. Me di la vuelta, pensando que quizá me había equivocado de casa.
Puse un pie en la vereda y les aparecieron sombras de repente. La luz de la calle era una bombilla incandescente. Gire los talones y debajo de la puerta dos sombras se movían de aquí para allá. La cadena del pestillo sonó antes de la llave girando en la cerradura.
─Disculpa es que la nena no se quiere dormir.
Nos sentamos en la sala con la puerta abierta. El calor empezaba a ser insufrible. Le daba un sorbo al jugo de tomate de árbol que me había traído y fuera junto a mi moto aparcada apareció alguien. Fue como si hubiera abierto la lámpara de aladino. Fueron llegando varios amigos de mera casualidad. Tal vez no era pura casualidad pero fue bueno recordar los viejos tiempos.
Miguel Ángel fue el último en irse y ya era tarde. Salimos al porche para escapar del calor que se acumulaba dentro. Nadie estaba en la calle, pero no duró mucho, su marido llegó justo en el peor momento. No deje que la cara de temor de Isa me afectara me levanté lentamente y antes de que pudiera llegar frente a la casa me subí en la moto y me fui.
Dentro de una circunferencia cruzada por una línea roja el vector de un celular antiguo avisaba:
PROHIBIDO
EL USO DE CELULARES
EN ESTA ÁREA
Att: Gerencia
Tuve dos ideas: había sido puesto el domingo en la noche, quizá el sábado después del último turno o el jefe había madrugado y antes de que llegaramos se había encaramado en una escalera para ponerlo. La primera opción tenía mucho más sentido.
Recibí una llamada:
─HOLA ─dije en voz baja.
─José ¿cómo estás?.
─¿Qué quieres ahorita no puedo hablar? ─susurré encorvado para ocultar lo más posible el celular.
─¿Qué vas a hacer esta tarde? ─preguntó ignorando mi situación.
─eeeh… nada… no no! tengo clase en la tarde.
─Ah que mal yo quería que saliéramos por ahí a dar una vuelta.
─¿En serio? ─pregunte intentando ocultar mi entusiasmo más que el celular.
─Hasta te tenía un regalito pero ya que.
─No no esperá que tampoco es una clase tan importante.
─¿Te parece a las tres?.
─Perfecto.
Quedamos de vernos en una esquina del centro. Me esperaba junto a una señal de pare, con un vestido arriba de la rodilla; hacían treinta y dos grados y estaba hermosa. Lo charlamos y decidimos ir a La Termo. Para ser precisos a unas cabañitas al lado del río.
Habitualmente el viaje se hacía en una hora pero tardamos media más por culpa de una alternativa carretera despavimentada, un retén de la policía y la falta de mi licencia de conducción. Temprano en la mañana había llovido y las piedras que regularmente estaban cubiertas por el barro amarillo dificultaban el andar. Isa para evitar caer me abrazó fuerte por la cintura. Desviarse, para saltar el retén fue una buena idea a pesar de todo.
La cabaña tenía el techo en forma de v invertida cubierta de tejas artesanales de barro y un parqueadero de piedra suelta para que los clientes. Llegamos y sólo había un perro criollo que se despertó con el sonido que hicieron las llantas al frenar. Justo cuando Isa se quitaba el casco empezó a caer una brisa tenue. De esas que no son una lluvia en serio pero que si te quedas mucho tiempo terminas con la camisa húmeda.
─¿Vas a salir así?.
─¿Qué tiene de malo?.
Mis bermudas eran amarillas con flores azules; no les veía nada extraño. Nadamos un rato aunque Isa solo se mojó los pies. Yo no la iba a dejar ir seca. Espere a que estuviera distraída, la abraze por la cintura y la traje hacia mi. Tuve cuidado, no quería que se molestara conmigo.
Nos sentamos en la rivera a hablar del clima; el frío empezaba a acentuarse. Yo quería besarla pero había estado distante todo el tiempo. Estábamos solos y era la ocasión perfecta. Me acerque y con respeto le pedí un beso. Al principio se negó, pero yo tenía un as bajo la manga: ¿Te acuerdas del beso que duraría media hora?.
─Jose ya es muy tarde es mejor que nos vayamos… pero mañana podemos vernos ¿qué te parece?.
─Pero ¿cómo me vas a dejar así?
No conseguí un beso de media hora, pero nos besamos hasta que el viaje de hora y media y la escapada de clase valieron la pena.
De vuelta en casa el sol apenas se asomaba detrás de las montañas. Nuestras sombras se alargaban sobre la calle superponiendose. Isa estaba de espaldas al ocaso y no podía verla bien. Me acerque de nuevo para besarla pero antes de poder hacer nada una amiga pasó junto a nosotros.
─Anda tú y ¿Cómo les fue?.
─Magnífico.
Ya es bastante tarde pero el tiempo es relativo y la una de la mañana puede significar diferente para cualquier otra persona. Me he puesto a recordar las cosas que hicimos juntos antes de irse y no puedo borrar la sonrisa de mi cara. Antes de acostarme no podía mantener los párpados levantados pero ahora que recuerdo la vez que fuimos a termotasajero se espantó mi sueño.
¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última que escribí? ¿cinco o seis meses?. Mierda no lo sé, nunca he sido de recordar las fechas y no quiero mirar la páginas anteriores porque no sé donde están. Voy al frente a medida que el tiempo avanza, no hay tiempo para pararse a esperar.
En estos meses no he sabido nada de Isa. Todos los días me parece verla frente a su casa pero solo es alguna parecida. Estoy mal de veras cada que recibo una llamada de un número desconocido pienso que es ella. Ninguna vez lo ha sido. Me he distanciado de mis amigos y una vez que estaba sentado en la vereda mirando a la entrada de la que ya no saldría Isa se me acercó una amiga. Jenny tenía unas piernas largas de ensueño. Llevaba unos shorts de jean recortados que marcaban sus muslos. Era un bombón.
La conocía, más o menos, desde hacía tres años. Para no alargar la historia empezamos a hablar con mayor frecuencia y en dos semanas ya eramos novios. Salíamos a comer helado, yo la visitaba a su casa o íbamos al parque. Dos meses fue suficiente para ella. Una mañana fui a su casa, me invitó a sentar y ahí soltó la bomba:
─Será mejor que sólo seamos amigos… no me mires así… es que no quiero hacerte de daño.
─¿Es una broma cierto?.
─Yo te quiero y por eso no quiero hacerte daño… en el pasado ya lo hice.
─¿En el pasado? ¿cuál pasado?
Nunca volví a hablar con Jenny.
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