martes, 28 de julio de 2020

GANCHO

Anoche me desperté porque arañaban debajo de la cama. Me incliné por el lado de la pared, y en la penumbra vi un gancho de ropa. Me volví a acostar. Pero no fue sino cerrar los ojos, para que volviera a escuchar ese sonido. Parecían arañazos pero, era como si algo chocara contra las patas de la cama. Me incorpore, por segunda vez, y me quede así mientras intentaba descifrar quién o qué producía aquel sonido. Después de un  par de segundos de atenta escucha, pude identificar su naturaleza. Sonaba igual a cuando metía la escoba para barrer debajo de la cama. Sin bajarme de la cama, puse la cabeza casi a nivel del piso y miré debajo. Allí estaba la caja donde guardaba mis cuadernos (de cuando iba a la universidad) y salvo por un montón de polvo, no había señales de ninguna escoba. Mientras esperaba que me bajara la sangre al cuerpo, volví a escuchar el golpe del palo de la escoba contra las patas de la cama. Me senté a los pies de la cama. El sonido no paraba. Estaba pensando en que tenía que dejar de consumir ácidos pero entonces el sonido empezó a tener ritmo. Primero golpearon una sola pata de la cama. Nada muy elaborado; golpes a intervalos regulares. No me di cuenta en que momento empezó a sonar como si se tratara de un tambor.

Encendí la luz y quité el edredón. Los golpes empezaban a cobrar fuerza. Sin pensarlo me metí debajo y saque la caja. En ese punto no sabía si lo retumbos que escuchaba eran los latidos de mi propio corazón. Puse la mano encima de la tapa pero, me tome un momento para decidirme a abrirla. Esperaba encontrarme un espanto igual al del cuento de Poe que había leído la noche anterior pero, en lugar del corazón delator, cuando levante la tapa de cartón, no había más que cuadernos, hojas sueltas y una calculadora científica. Tapé la caja y la puse encima de la cama. Inhalé una bocanada grande aire y contuve la respiración para que me llegara más oxígeno al cerebro. Me puse la mano sobre el pecho y no pude sentir ningún latido. No tuve tiempo para asustarme porque en ese instante, la cama dio un vuelco y la caja me cayó en el pie. Maldije mi existencia y empujé la caja con el mismo pie donde había aterrizado. Me fui poniendo de malhumor, a medida que el dolor se esparcía. Apague la luz, me acosté en la cama sin tender, me puse los audífonos a todo volumen y me obligue a olvidarme del tema.

A la mañana siguiente recogí la caja y la metí en el armario. Hice aseo y para cuando regrese en la noche, ya me había olvidado del tema. Eran las doce pasadas cuando empecé, otra vez, a escuchar los golpes. El sonido no era en las patas de la cama, sino que se escuchaba del lado de la pared. En el espacio entre la pared y la cama, se veía la cabeza de un gancho de ropa que entraba y salía de debajo de la cama. No espere nada y me metí debajo de la cama. Fue tal mi afán que fue una auténtica sorpresa, cuando me golpeé la cabeza con la caja de los cuadernos. Solté un madrazo y la saque fuera. Me iba extrañar cuando una hoja suelta salió volando y se metió debajo de la cama. Sentí una brisa cálida que venía de debajo de la cama.  En el lugar donde había estado la caja había un hoyo. Era un sumidero del cual empezaba a salir una luz como de linterna muerta. Y a medida que empezaba a formarse una espiral, la luz se intensificaba. El aire empezó a ser más denso y pude percibir como la temperatura disminuía un par de grados. Empecé a tiritar de frio y por más embelesado que estuviera, salí de debajo de la cama y mire alrededor. Y hasta ahí fue todo. Recuerdo que me pareció que el cuarto seguía, completamente, a oscuras. No sé si me desmaye o caí dormido por el cansancio pero, a la mañana siguiente cuando me desperté, me di cuenta de que había quedado ciego.


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