Todo se había
ido a la mierda con la pandemia del dos mil veinte y cualquier persona que
había dudado de la letalidad del virus, estaba bien muerta; por ley todas las
victimas debían ser cremadas. Los que habíamos sobrevivido llevábamos años hundidos
en lo que llamaban la «post-crisis». Una basura que el gobierno se había
inventado para quedarse con el dinero de los impuestos y no ayudar a las
millones de personas que habían perdido sus trabajos.
Cuando el
virus confinó a casi toda la sociedad en sus casas, el gobierno devolvió una
parte de los impuestos en forma de subsidios. Tengo que admitir que de algo
sirvieron. Al menos al principio porque eran tantas personas las que estaban en
sus casas, sin poder trabajar, que el bono de cuarenta dólares se acabó
demasiado pronto. Tan rápido que las personas empezaron a pasarse por el forro
de los cojones la ley de aislamiento y cuarentena total. Cuando hubo tantos
muertos que se demolieron estadios de futbol para hacer fosas comunes, el
gobierno declaró la calamidad nacional. Las personas que todavía no habían
recibido la ayuda, empezaron a salir de sus casas para sumarse al número de infectados.
Pero eso fue
hace más de veinte años y la economía logró recuperarse. Y no fue solo que el
virus matara a millones y la mano de obra se viera reducida, sino que las
mujeres que lograron recuperarse quedaron estériles. Con una tasa de natalidad
de menos del diez por ciento y con la población mundial reducida hasta la
extinción no había forma de volver al mundo de antes.
Los
rascacielos de las grandes urbes (donde todo parecía ir a la velocidad de la
luz y nadie tenía tiempo para preocuparse por el prójimo) quedaron reducidos a
gigantes de hierro destartalados. En las
calles reinaba la oscuridad, la electricidad había pasado a ser un lujo que
solo los multimillonarios se podían permitir.
Muchos expertos (académicos y de internet) habían profetizado que el
mundo iba a cambiar después de la pandemia. El tiempo les había dado una
bofetada en la cara a los que seguían vivos.
El mundo seguía siendo el mismo pozo de mierda desigual. Seguía habiendo
personas tan ricas que podían comprar un continente abandonado y electrificarlo
hasta que se pudiera ver desde el espacio. Y aunque había mucha menos gente,
los que no podían siquiera comer tres veces al día, seguían siendo mucho más.
Yo pertenecía
a este último grupo pero, eso fue antes de la SOLAR RACE.
Me alcanze a asustar espero la segunda parte
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