lunes, 27 de julio de 2020

SOLARRACE

Todo se había ido a la mierda con la pandemia del dos mil veinte y cualquier persona que había dudado de la letalidad del virus, estaba bien muerta; por ley todas las victimas debían ser cremadas. Los que habíamos sobrevivido llevábamos años hundidos en lo que llamaban la «post-crisis». Una basura que el gobierno se había inventado para quedarse con el dinero de los impuestos y no ayudar a las millones de personas que habían perdido sus trabajos.

Cuando el virus confinó a casi toda la sociedad en sus casas, el gobierno devolvió una parte de los impuestos en forma de subsidios. Tengo que admitir que de algo sirvieron. Al menos al principio porque eran tantas personas las que estaban en sus casas, sin poder trabajar, que el bono de cuarenta dólares se acabó demasiado pronto. Tan rápido que las personas empezaron a pasarse por el forro de los cojones la ley de aislamiento y cuarentena total. Cuando hubo tantos muertos que se demolieron estadios de futbol para hacer fosas comunes, el gobierno declaró la calamidad nacional. Las personas que todavía no habían recibido la ayuda, empezaron a salir de sus casas para  sumarse al número de infectados.

Pero eso fue hace más de veinte años y la economía logró recuperarse. Y no fue solo que el virus matara a millones y la mano de obra se viera reducida, sino que las mujeres que lograron recuperarse quedaron estériles. Con una tasa de natalidad de menos del diez por ciento y con la población mundial reducida hasta la extinción no había forma de volver al mundo de antes.

Los rascacielos de las grandes urbes (donde todo parecía ir a la velocidad de la luz y nadie tenía tiempo para preocuparse por el prójimo) quedaron reducidos a gigantes de hierro destartalados.  En las calles reinaba la oscuridad, la electricidad había pasado a ser un lujo que solo los multimillonarios se podían permitir.  Muchos expertos (académicos y de internet) habían profetizado que el mundo iba a cambiar después de la pandemia. El tiempo les había dado una bofetada en la cara a los que seguían vivos.  El mundo seguía siendo el mismo pozo de mierda desigual. Seguía habiendo personas tan ricas que podían comprar un continente abandonado y electrificarlo hasta que se pudiera ver desde el espacio. Y aunque había mucha menos gente, los que no podían siquiera comer tres veces al día, seguían siendo mucho más.

Yo pertenecía a este último grupo pero, eso fue antes de la SOLAR RACE.


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